Friday, February 22, 2013

LOS MISERABLES


Debo admitirlo: dudé un poco –sólo un poco– antes de ir al cine para ver “Los miserables”. ¿La razón?; me intimidó la avalancha de comentarios negativos, que va de pesada o aburrida hacia arriba. Insufrible. No podía creer que de verdad fuera tan mala; estamos hablando de la obra cumbre de un autor clásico, atemporal, como lo es Víctor Hugo.
Asistí cargando con ese pequeño temor. La primera vez con mi papá, el domingo posterior a su estreno en México; la segunda, el miércoles siguiente, con una amiga. Sí; me gustó tanto que ya la vi en dos oportunidades (por cierto, en la primera se equivocaron en el cine, empezando a proyectar “El vuelo”). La segunda, mi amiga contó seis personas que abandonaron la sala.
A este respecto he leído algunos comentarios, varias críticas. Tal vez al espectador le molesta que la totalidad de la cinta sea cantada. Pero se trata de un musical, y no puede ser de otra manera. Se habla poco, la música, las canciones, ocupan la mayor parte de la trama. Así es en “Jesucristo Superestrella” o en “El fantasma de la ópera”, por ejemplo, ambas de Andrew Lloyd Weber: los diálogos se insertan en una banda sonora porque así es un musical.
Sobre los calificativos de insufrible y exagerada, me parece que no están tomando en cuenta el origen de la obra, no del musical, sino de la novela. Escrita en 1862, se trata de la obra cumbre de uno de los máximos exponentes del romanticismo. Releyendo la introducción a los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont (editorial Cátedra, 2001) encuentro que a esta corriente literaria se le califica de insurrección, “insurrección romántica”, que surge en un siglo marcado por las insurrecciones como una protesta contra el llamado “siglo de las luces”. Así, la exaltación de los sentimientos y la fe se contraponen a la razón, a la “muerte de Dios”, hay algo de inacabado en una creación inserta en el romanticismo, algo de imperfecto y mucho de rebeldía. A partir de estos antecedentes, se torna comprensible la exageración con la que se tilda “Los miserables”–que, por otro lado, a mí no me lo parece.
A la rebeldía, a las insurrecciones, Víctor Hugo opone una fatalidad sin medidas, de tan grande: las autoridades sofocarán la rebelión de unos solitarios estudiantes. Existe atemporalidad en este aspecto, tanto en la novela como en la adaptación cinematográfica del musical, aunque el nombre sea diferente la esencia es la misma, ¿o no hay fatalidad y batallas perdidas en los fraudes electorales, en la criminalización de las protestas, por ejemplo, en las denuncias a las que las autoridades prestan oídos?
En el aspecto literario, la película refleja por completo las características de la corriente de la que proviene. En cuanto a la realización, tampoco me parece tan defectuosa como he leído. La primera toma, cuando la cámara sube desde debajo del agua para enfocar a los hombres asidos a las cuerdas, y su combinación con la música, para mí, es una bien lograda metáfora de la fatalidad que mencioné antes: ella va a engullir a quien se le oponga; sin importar qué tan esforzados sean los hombres, la fatalidad siempre va a terminar aplastándolos.
Esta ausencia total de esperanza se refleja sobre todo en la interpretación de Anne Hathaway. Y no es que “llore bonito”, como he leído en algún blog. Pareciera que quien eso escribe nunca ha visto volverse aire o ceniza una meta, un sueño, que aún no tropieza con ninguna frustración. En el rostro de Anne se refleja un abandono sin remedio, mientras canta un I dreamed a dream roto por la tristeza de Fantine, que se vuelve más profunda al recordar tiempos pasados: “entonces era joven”, dice la letra del tema, convirtiendo la juventud en un territorio lejanísimo, no tanto por la edad sino por la absoluta ausencia de las esperanzas propias de tal época. En un momento, hacia el final de la canción, el rostro de la madre de Cossette transmite el horror de ver lo que le depara el futuro (a ella, a los miserables del mundo): la nada, la muerte, más desesperanza.
También es destacable la magnífica voz de los jóvenes estudiantes (sobre todo Enjolras –Aaron Tveit– y Marius Pontmercy –Eddie Redmayne), la de Samantha Barks como Eponina y la de Hugh Jackman. Pero me asombré al ver cantar a Rusell Crowe; él, creo, está acorde con el personaje de Javert (aunque el mejor que he visto es John Malkovich en la miniserie del 2002, donde Gerard Depardieu interpretó a Jean Valjean). El eterno perseguidor del 24061 es un cuerpo cincelado en la roca, inflexible; eso transmite Crowe. Y además no canta mal.
En este aspecto, habría que resaltar el hecho de que los actores trabajaran sin una pista grabada previamente. Difícil, supongo, pero lograron transmitir; la emoción de Marius al saber dónde vive Cossette, la soledad de Eponina, bajo la lluvia, la enorme duda de Valjean (¿debe descubrirse y condenarse o dejar que encierren a un inocente?), la determinación y esperanza inicial con la que los estudiantes se enfrentan a un ejército que, de antemano sabemos, va a aplastar su revuelta –la que queda sólo en un enfrentamiento solitario, en medio de un pueblo temeroso que cierra las ventanas y lava la sangre de la barricada a la mañana siguiente.
Así, me parece una exageración tachar de pésima una obra con música tan bien interpretada y actuaciones que logran emocionar al espectador –que puede llegar a aplaudir al final–. Lo único malo en ella, es el tiempo que tardaron en estrenarla en México. Demasiado.

Tuesday, September 04, 2012

AVIÓN DE PAPEL

(Mi colaboración en el suplemento Catedral del sábado 1 de septiembre)

Los viajes a la India que registra Coronada de moscas, de la autoría de Margo Glantz, trastocaron no sólo su día a día, su rutina, como dijo durante la presentación en Puebla del libro que inaugura la colección Realidades de la editorial Sexto Piso. Los viajes también se realizan de manera interna, y desde mi silla de respaldo blanco, después de escuchar –y anotar– la plática llevada por el editor Diego Rabasa, pude comprobarlo. Estoy de acuerdo con la autora pues sus palabras, la descripción hecha delante de los asistentes, quienes debido a confusiones viales esperamos casi una hora, me llevaron a efectuar mi propio viaje a la India. Di los primeros pasos antes de salir a la noche lluviosa, siguiendo la voz tranquila de Margo, que respondía a las preguntas del editor como si platicara en la sala de su casa, o en algún café, donde se citó con varios amigos para contarles cuanto le pasó entre el abordaje, los hoteles y el avión de regreso. Mientras ella describía cómo lo hermoso y lo horrible, lo desagradable, se mezclan en un abrazo difícil de deshacer, pensé que es posible aplicar esa misma descripción a ciertos lugares de Latinoamérica, lugares donde, según Alejo Carpentier, se dan la mano el hombre del siglo XX y el que lleva una vida medieval, ignorante de periódicos. América, la India, restos de la colonización europea en más de un continente; no estamos tan lejos después de todo. Y Margo Glantz parece comprobarlo con las descripciones, con las crónicas de esos viajes enviadas al periódico La jornada y revisadas de nuevo a fin de estructurar Coronada de moscas. Asociaciones; oyendo las palabras referentes al libro también pude imaginar las aguas del Ganges y el arcoíris rojizo y azul tendido a lo largo de su discurrir. Pero ese fue nada más el inicio de mi viaje sin aviones, sin hoteles ni aeropuertos, compuesto por el ratón, el cursor y el teclado de una computadora, por fotografías y páginas electrónicas, a diferencia de los tres que la autora realizara entre el 2005 y el 2010. Visité rincones de internet construidos con imágenes, opiniones y testimonios acerca del aspecto de la charla que más llamó mi atención: la viuda en la India. Mujeres de blanco, el color del luto, dijo Margo Glantz, que llegan a vivir a colonias aparte, como si padecieran una enfermedad en extremo contagiosa. Mi recorrido me mostró a viudas de diferentes edades y cuerpos siempre encorvados. Mi guía turístico incluyó en la ruta ojos sin una pizca de esperanza, todos apenas asomados sobre el eterno velo blanco, figuras débiles, a punto de quebrarse, palabras de asombro, de indignación muchas –no es posible, pero por qué no pueden salir de eso, por qué se amoldan a esa situación tan tremenda–, alojadas en sitios de revistas y en blogs. Visité también una sala de cine. Agua, es el título de la película exhibida durante mis paseos virtuales por la India. Se realizó en el 2005 y la trama, aunque situada en 1938, da la impresión de esa atemporalidad que Margo Glantz describe en Coronada de moscas y mencionó el pasado 21 de agosto durante la presentación: al igual que lo bello y lo nauseabundo, los tiempos parecen superponerse; costumbres viejísimas, de tantos siglos que nadie sabe cómo o por qué iniciaron, conviven con una occidentalización de avances lentos, si se le compara con la de China, pero perceptible en el aeropuerto de la ciudad de Delhi, por ejemplo, donde entre una visita y otra, la autora se encontró con servicios recientes: algunas tiendas, teléfonos que impidieron se le cayera el alma, como en su primer viaje. La película, creo, no refleja por completo lo trágico que conforma la situación de una viuda en la India. Quizá se deba a la esperanza que asoma en el desenlace, a la mirada de una niña como tamiz de la historia; a través de su inocencia el espectador ve cómo la sombra de una viuda no debe tocar a nadie, cómo se les excluye y se les abandona. Esto es algo que el libro de Margo Glantz sí logra transmitir, por medio de frases casi lapidarias, sin el adorno de una metáfora, de una imagen: ¿Por qué querría hijas un hombre? ¿De qué sirven, si hay que alimentarlas, educarlas y vestirlas, para que se vuelvan propiedad de otro?, escribe, citando Vacación hindú, de J. R. Ackerley, en referencia no sólo a las viudas, sino a la situación de las mujeres en general. Predestinada al viaje –nació en el transcurso de uno–, los que la llevaron a la India, a estructurar de manera casi inconsciente Coronada de moscas, alteraron no sólo la rutina de la autora, sino la también la mía. Y como ella, recurro a diferentes medios a fin de profundizar lo que veo con ojos de turista. Y regreso al punto de partida, al volumen editado por Sexto Piso, a mi cotidianidad que, sin embargo, es ya otra.

Tuesday, July 17, 2012

MI PRIMERA VEZ

Le tengo un poco de miedo a las multitudes, lo confieso. Me engento. Ello, aunado a infinidad de imágenes de represión vistas en los diarios, en el internet, en revistas, me ha mantenido lejos de las marchas y de las manifestaciones. Hasta el sábado pasado, nunca había asistido a una. Fue prácticamente una casualidad. Encontré a unos amigos en el zócalo, donde había una afluencia mucho mayor a la habitual: gente con pancartas, gritando consignas, dando más de una vuelta a la plancha rodeada por la catedral y los portales. Un amigo me acercó un plumón negro y un trozo de cartón blanco, pequeño, donde luego escribí el rudimentario “No más PRI” que después me acompañaría a lo largo de la 3 poniente, la 11 sur, la 31 poniente–oriente y el boulevard 5 de mayo. Pronto, hacia las cuatro y media o cinco de la tarde, cartulinas blancas y fluorescentes, cajas de cartón deshechas, lienzos –cada soporte gritando consignas de tinta, alusivas al ex presidente Salinas de Gortari, a Mario Marín, Ulises Ruiz y Arturo Montiel, a los hechos ocurridos en Atenco, al salario y prestaciones insultantes que los legisladores de este país se embolsan, al IFE, rebautizado como Instituto del Fraude Electoral, a las tiendas Soriana, a las televisoras y a la ausencia de quienes votaron por el PRI–, avanzaron desde el zócalo de la ciudad de Puebla como si fueran parte de los brazos en alto, de los muchísimos asistentes cansados de los fraudes y de las irregularidades en el pasado proceso electoral. A lo largo del recorrido atestigüé numerosas muestras de apoyo, como las de conductores de autos particulares y del transporte público que con el claxon saludaban en vez de molestarse por el cierre vial, o los aplausos desde una de las ventanas de una casa sobre la 31 poniente, cortesía de un hombre y una mujer, ambos mayores. Presencié también los silencios del contingente al acercarse a un hospital, a una escuela. El único inadaptado, por llamarle de alguna manera, fue un conductor de una de las rutas “S” (unidad 16), que transitan por la 9 sur–norte y que pisó el acelerador y se adelantó, sólo un poco y sin mayores consecuencias, antes de que terminara de pasar el contingente. No sé si vuelva a asistir a una marcha, tal vez sí; no sé si, como dicen, no sirva de nada organizar manifestaciones, boicotear una tienda o no ver los canales de Televisa y TV Azteca, pues la imposición puede y va a hacerse, nos guste o no, gracias a los tantos intereses que están en juego, al poder y beneficios que obtendrán quienes pusieron en la silla a Peña Nieto, ansiosos éstos por recuperar su inversión lo más pronto posible, por empezar a recoger ganancias. Sólo diré que estoy asombrada, pues no recuerdo que tanta gente saliera a las calles y se reuniera a gritar su inconformidad, su reclamo único, y no nada más en un estado de la república, sino en varios al mismo tiempo –un papel importante en este aspecto lo tienen las redes sociales, como medios de organización y de información prácticamente inmediata–. También diré que me quedo, además de con las muestras de descontento en sí mismas, con el ingenio de muchas de las consignas (“¡Gaviota, Gaviota, tu novio es un idiota!” que luego, reconociendo un error en el estado civil de la pareja, cambió a “¡Gaviota, Gaviota, tu esposo es un idiota!”, o “¡El que no brinque es Peña!”, brincando todos como porra de fútbol en graderío), con el impreso en las pancartas (“Peña, bombón, esclavo del pelón”, se podía leer en una, “Lo mismo, pero más barato”, decía otra, ilustrada con Salinas detrás de un antifaz idéntico al rostro de Peña Nieto) y el reflejado en la indumentaria de los manifestantes (algunos de ellos ataviados con la máscara blanca del personaje central de la película y novela gráfica “V de Venganza”, constituida como el símbolo de un hartazgo y una puesta en marcha, de la inconformidad que siente la inmensa mayoría ante los repetidos fraudes y ante el cinismo de la clase política), ingenio sumado a frases que sugerían una reflexión más allá del mismo, por ejemplo las que invitaban a apagar el televisor y leer un libro, las que señalaban el gran número de inconformes con el resultado de la elección y con el propio proceso electoral, o las que se preguntaban por quienes votaron por el candidato del PRI, resaltando al mismo tiempo su ausencia en las calles.

Wednesday, July 04, 2012

4 DE JULIO


Hoy hace siete años morí por segunda vez. Hoy sigo escuchando ese rumor a través de la línea telefónica. Rumor que ha perdido su característica, ese halo de voces que murmuran “a lo mejor”, “parece”, porque es un hecho real. Sin regreso. Porque fue cierto. Hoy la tristeza sigue mordiéndome la garganta y bebiendo de mis venas. Continúo extrañando los miércoles, los jueves, las siluetas sentadas en torno a una mesa larga, a una voz calma que dictaba rutas sobre un papel lleno de obsesiones, de caminos a los que no se les encontraba una salida a simple vista. Extraño las tareas hechas tinta, las notas en los márgenes, en la parte baja de la página, que traducían a pigmento y celulosa una opinión, una flecha negra sobre fondo amarillo que indicaba una posible dirección correcta. No hay atrás. Así, hago lo que debo hacer: abrir un libro y leer, imaginármelo en esa voz de primera persona, dentro del narrador que nunca entrará en el rincón donde madre y prima están juntas, abrazándose, sin necesidad de nadie más. O encontrarme con esa ausencia del padre, trozo de su biografía esparcido sobre textos que hablan de Altzayanca y de Santa María de los Niños y de Huamantla. Recordarlo porque no queda de otra. No hay un taller, un contraesquina de la catedral a las cinco el martes donde encontrárselo y hablar de libros y de las tareas que deja y de los cuentos que llevamos la sesión pasada y reír un poco mientras en el televisor gritan gol. Recordarlo e intentar no llorar porque lo que hay más allá del “parece que falleció el fin de semana” de hace siete años, de la urna de cenizas, de las fotografías blanco y negro sobre una mesa blanca, es un campo erosionado, un sembradío cundido de negro y de agua y sal, de hierbajos que se tragan el nitrógeno y frenan cualquier fotosíntesis, cualquier germinación. Porque sólo eso resta cuando alguien deja un hueco, una ausencia, donde debería estar: un recuerdo. Porque de mí tampoco sobrevive mucho; solo restos, sólo estertores. Y si recuerdo, si recorro aquellas páginas, los libros, las historias, las sesiones, traeré hasta mí el cuerpo que tenía, el aliento viejo, la sombra de cuando respiraba, de cuando aún guardaba latidos dentro, y me olvidaré por un instante del espectro que soy, del ser –esa nada– que murió por segunda ocasión hace siete años el cuatro de julio.

Tuesday, May 08, 2012

DESDE EL EXILIO

Una colaboración para el periódico Síntesis, acerca del libro Cartas desde la Tierra, de Mark Twain.


Con la risa no hay miedo, y sin él ¿dónde queda la fe, el temor de Dios? Si algún docto dejara testimonio del “arte de la irrisión” en su escritura, entonces sería posible reírse de la Divinidad, deduce Jorge, el monje ciego casi al final del libro El nombre de la rosa. Y Mark Twain echó mano de ese humor que tanto espantaba al personaje de Umberto Eco para escribir sus Cartas desde la Tierra.
Se trata de un libro que el autor nunca pensó publicar, guardado por unos cincuenta años a partir de su muerte en 1910, un libro que recoge su visión de la religión, de la relación de los hombres con una divinidad creada por ellos mismos, y no al revés. Visión que pone de manifiesto el personaje de Satán a través de las cartas que envía a San Miguel y a San Gabriel.
En el principio fue la lengua suelta, podríamos decir en el caso de este libro (Trama editorial, 2007), ya que ese hábito de hablar de más es la pauta para que Satán escriba desde su exilio de un día en tiempo celestial, equivalente a mil años.
Antes de que se le aplicara tal castigo, el Creador, en presencia de tres arcángeles (Miguel, Gabriel y el mismo Satán), pensó, levantó el brazo y arrojó al Espacio “un millón de soles formidables” que asemejaron puntas de diamante al alejarse bajo la “inmensa bóveda del Universo”. Luego, dejando a la “Presencia” a solas y aún pensativa, los arcángeles se retiraron para empezar a comentar lo ocurrido, sin decidirse: ni Gabriel ni Miguel se atrevían a decir algo antes de conocer la opinión de los otros. Hasta que Satán puso el tema en el centro.
La Inteligencia Suprema ha creado soles y mundos para llenar un espacio desierto –detalle que no agrada mucho al desterrado, pues aquel espacio frío y oscuro estaba bien vacío y era útil para descansar de vez en cuando de los “desquiciantes esplendores del cielo”–, también ha creado una ley, la Ley de la Naturaleza, que es la Ley de Dios, aplicable a esa “miríada de soles y mundos que giran y se precipitan a toda velocidad”. Y creará a los animales para someterlos a la autoridad de dicha ley.
Primer ataque de risa para los lectores. Algo que además resulta lógico: Satán escuchó que crearía a los animales, pero no entendió, y pregunta a Gabriel por el significado de aquella palabra. El arcángel tampoco sabe, ¿cómo iba a saberlo alguno de ellos, tratándose de una palabra nueva?
Luego –tres siglos en tiempo celestial, cien millones de años en tiempo terrenal–, un ángel mensajero llega para avisarles que está creando a los animales que irán a parar a la Tierra (¿les complacería venir a verlo?). Y entonces, varios días después, los comentarios elogiosos por fuera y sarcásticos por dentro de Satán, le valen el destierro, sentencia a la que estaba acostumbrado por la “ligereza de su lengua”. Y en vez de “revolotear tediosamente” en el Espacio, como en otras ocasiones, decide ir a echar un vistazo a los experimentos del Creador –el hombre y los animales.
En este punto empieza su discreta correspondencia con los otros arcángeles –no lo vaya a descubrir la Inteligencia Suprema–, once cartas en las que describe a sus amigos al hombre y al dios que éste ha inventado para sí.
Aquí podemos intuir que el autor no niega la existencia de un dios, sino que su Divinidad es la Naturaleza y las leyes que de ella emanan. Entonces, en sus Cartas hay dos dioses: el del experimento con los hombres, y el que ellos mismos crearon en la Biblia y la religión.
Satán observa esto sorprendido, y más de una vez advierte a los destinatarios de sus cartas que no está mintiendo. Se disculpa, además, con ambos arcángeles, por dicha reiteración, y les pide tomarlo en serio.
“No hay nada relativo al hombre que no le resulte extraño al inmortal”, escribe desde su exilio el personaje de Mark Twain, lleno de asombro ante el dios hecho por los hombres y lo concerniente a él. Y resalta algunos detalles con los que el probable lector puede identificarse y reír.
El rito de la misa es uno de ellos: se le espera con tantas ansias, se le disfruta tanto, que su duración es de una hora u hora y cuarto a la semana, el día domingo, y a la mitad las dos terceras partes de los feligreses ya desean que concluya –el resto termina ansiándolo poco antes de acabar el servicio–. Cuando llega la bendición final, es “el instante más dichoso para todos”; entonces “se extiende un suave murmullo de alivio”, de gratitud.
Mención aparte merecen los comentarios al calce de Satán. Toda la gente está loca, dice, la Tierra está loca, la misma Naturaleza lo está, el hombre se cree el predilecto del Creador, le reza y cree que Él lo escucha –pero hay más aún… ¡Cree que va a ir al cielo!
Ese cielo, escribe el remitente, contiene todo lo que desagrada al hombre, y excluye aquello que le gusta: la mayoría de los hombres no canta, reza por obligación, o por costumbre, y no mucho tiempo, esos seres detestan el ruido, no se mezclan con los negros y los judíos –a menos que sean ricos– les son insoportables. Pues bien, se asombra Satán, y nosotros podemos verlo pidiéndole una vez más a sus amigos que le crean, los hombres desean ir a ese cielo pletórico de cantos y oraciones, de arpas, Aleluyas y Hosannas sin fin, a ese cielo al cual irán todos, sin importar razas, y que excluye lo que para ellos es el “deleite supremo… ¡la copulación!”
En más de una de las cartas se hace referencia al Arca de Noé. Tercer o cuarto ataque de risa: especies que escucharon sobre ella se aproximan “empujándose, aullando, bufando” para salvarse del diluvio –“babosas como elefantes, ranas del tamaño de una vaca, saurios, saurios y saurios”–. Noé zarpa apenas a tiempo, tres días después a causa de los tapiceros y decoradores del salón de la mosca, del mismo inquilino y del sustento para el viaje. En el horizonte, los monstruos unen sus lamentaciones a las de los hombres que se quedaron fuera.
Entre párrafos llenos de buen humor, Mark Twain aborda el carácter de la Deidad, sus celos, la violencia con la que golpea a sus criaturas, las enfermedades –resalta la labor de la mosca común, el ave sagrada, propagadora de la fiebre tifoidea, mal que tuvo tiempo de recoger antes del abrupto regreso de Noé… ¡Se había olvidado de ella por huir de aquellos saurios! ¿Plan previsto por la Deidad? Tal vez, algo útil para fustigar a todo aquel que se aleje del camino por ella señalado.
Otros de los puntos a destacar es el hecho de que el humano ha tenido y gastado y desechado una gran cantidad de religiones, y en la actualidad (finales de la primera década del siglo XX), posee “cientos y cientos de ellas y cada año estrena al menos tres nuevas”, y la incompatibilidad del pensamiento, del análisis, con los contenidos de la religión y de la Biblia, a la que Satán se refiere como interesante, depositaria de “magnífica poesía, algunas fábulas ingeniosas, un poco de historia sangrienta… y más de mil mentiras”… Y como copia de libros sagrados anteriores.
En el cielo del hombre no existen ejercicios para el intelecto. Y la Tierra no se salva; ahí los astrónomos cristianos saben que la Divinidad no creó las estrellas durante esos “seis tremendos días”, y prefieren no abundar en ese detalle. Ni ellos ni los sacerdotes. Twain da algunos datos, estrellas de las cuales la Tierra no recibió ninguna luz hasta tres años y medio después de “tan memorable semana” (la de la Creación), en el caso de la más próxima.
Aunque la mayor parte de las cartas abordan el Antiguo Testamento, el Nuevo encuentra su espacio en las dos últimas. Y lo que la religión califica de amor a los hombres, tan inmenso como para sacrificar a su unigénito a fin de salvarlos, Mark Twain, a través de la pluma de Satán, lo llama hipocresía, ya que detrás de palabras dulces que confortan el espíritu e intentan suavizar el dolor de los pobres, de los perseguidos, llega el Infierno, la pena más allá de la muerte, que debía terminar con todo sufrimiento.
¿Qué dios es este, el Gran Criminal, que además de iracundo, celoso y adicto a las alabanzas sin caducidad, gusta de llevarse el crédito por los descubrimientos que hacen los hombres (las curas contra ciertas enfermedades, los hallazgos científicos), y de ordenar matanzas?, la pregunta flota encima de las páginas de un libro que parece inconcluso. Y el lector hace eco de dichas palabras, y se pregunta si no sería mejor una Deidad semejante a la que Twain estructura en un texto compilado en el libro Las tres erres (raza, religión, revolución) de ediciones Guadarrama, y que retrata a un dios más allá de las alabanzas y los cumplidos de los hombres, de los celos y de los deseos de venganza. Pero deberá conformarse con el que hay, por el momento.

Saturday, January 14, 2012

UNA SALA Y MIL Y TANTAS EXPOSICIONES

Una casa. De esta manera describieron al suplemento cultural del periódico Síntesis, Catedral, durante la comida que, para celebrar la publicación de su número mil, se efectuó el pasado 9 de diciembre.
Es cierto. Sus páginas, treinta y dos para esta ocasión de fiesta, son algo parecido a una casa, a un salón. Significan el escaparate al que ilustradores y escritores llegan a colgar su obra a fin de que los otros la vean, la lean, la disfruten. Es en esta sala de exposiciones que muchos han publicado por primera vez.
Y resulta fácil imaginar a alguien con seis o nueve meses de sesiones semanales en el taller de cuento, en el de poesía, con pocos textos detrás, verlo caminar hasta el puesto de periódicos, asomarse a las páginas del Síntesis, si es que el responsable de ese pequeño kiosco azul le da permiso, descubrir su nombre en la portada del suplemento y llevarse uno, tal vez dos ejemplares, sonreír, emocionarse, leer o mirar teniendo la sensación de que no es él mismo el autor, que se trata del texto o de la imagen de otra persona. No creo equivocarme, pues me cuento entre esos creadores: la primera oportunidad de publicar la tuve en las páginas del suplemento Catedral, hace poco más de ocho años, y fue gracias al ofrecimiento de quien dirigía el taller de cuento de la SOGEM Puebla, en ese entonces ubicado en Reforma y la 13 poniente, dentro del Instituto Cultural Poblano, cerca del Paseo Bravo.
Esa primera publicación –como otras que siguieron– es un recuerdo ligado a la memoria de Alejandro Meneses, fundador de Catedral y editor hasta su muerte, en 2005. Y ahora –desde entonces, siempre– veo a mi maestro, al “profe”, llevándonos números del suplemento (el actual, uno o dos de los anteriores), o con la prisa de los jueves, día de entregar en el periódico el material para el número del próximo sábado.
De Alejandro recibí la invitación para aparecer en Catedral a principios del 2003. Escojan un texto, recuerdo que dijo un día, en el taller, para que salga en el suplemento. No supe si para los demás fue la primera vez; al menos para mí sí. Emocionada leí algunos de esos primeros escritos, revisé, volví a leer, hasta decidirme por uno fantástico, estructurado a base de confidencias en un par de diarios, anotaciones de experimentos, fechas que abarcan un siglo, dudas y juventudes de más de cien años, escrito que apareció el 22 de febrero del 2003. Hace cuatrocientos cincuenta y un números.
La otra parte de esa correlación Alejandro Meneses–Catedral son los cuentos salidos de su pluma que de vez en vez aparecían en el suplemento, los ensayos y las notas en torno a su obra, los dos números in memoriam, esos especiales de julio del 2005 con el cintillo negro, el seiscientos setenta y uno y el seiscientos setenta y dos, señal de que sí, que era cierto, que su muerte había ocurrido en verdad.
Al hojear las páginas de Catedral encuentro algunos nombres que en esa época me eran desconocidos. O casi: Juan José Ortizgarcía, Guillermo Carrera, Carlos Ríos, por ejemplo. Aunados a ellos, los compañeros del taller de cuento y los autores que hasta la fecha forman parte del quehacer literario de Puebla: Maribel Cacique, Karen Martínez, Princesa Hernández, Dolores Domínguez, Guillermo Garay, Alejandro Badillo, Beatriz Meyer, Eduardo Sabugal, Enrique de Jesús Pimentel… Muchos de esos nombres conforman la herencia que Alejandro Meneses me dejó a lo largo del tiempo, de las sesiones del jueves en el taller de cuento, buenos amigos, maestros de quienes aprendí y sigo aprendiendo.
Como lo pidieron en la reunión para celebrar el número mil, levanto mi vaso y brindo por el escaparate de autores recientes y con trayectoria, por la casa de los cuentos, de las poesías y de los ensayos –la que por un corto lapso llevó otro nombre: Cathedralis–. Brindo y de manera simultánea llegan a mi mente otros escaparates de la creación, espacios ahora desaparecidos. Y mi brindis es porque la buena salud de Catedral se alargue durante mucho tiempo más.




Friday, July 08, 2011

UNA TUMBA EN EL HUECO DE TU HOMBRO

Ante la muerte, ante un hallazgo póstumo, sólo resta hacer suposiciones, decir a lo mejor, tal vez. Y disfrutar del descubrimiento.

En el caso del cuento El soldado desconocido, de la autoría de un Alejandro Meneses de 24 o 25 años de edad, agradable sorpresa incluida en el número 144 de Crítica, revista cultural de la Universidad Autónoma de Puebla, podemos asegurar, o casi, que formaría parte del primer libro del autor, Días extraños, publicado en 1987 por la propia universidad en su colección Asteriscos.

En la nota introductoria, el poeta Julio Eutiquio Sarabia nos dice que el manuscrito de este cuento, cuartillas mecanografiadas en papel tamaño oficio, se encuentra bajo la custodia de Sara Inés Santizo. En Tapachula, Chiapas.

Forman parte de la historia que rodea el hallazgo un empleo de poco menos de un año obtenido por Alejandro Meneses entre 1984 y 1985, la hospitalidad de la familia Santizo Rodas, un cuarto que fue llenándose de objetos en desuso y el acto de escombrar esa habitación de traspatio. El final: una carpeta de cuartillas corregidas “de puño y letra” por Alejandro.

El soldado desconocido, escribe Julio Eutiquio Sarabia, sería sin duda parte del primer libro de Alejandro Meneses, por guardar similitud con El fin de la noche, cuento largísimo que cierra ese volumen. Otra pista para aventurar dicha afirmación es el título: tanto El soldado desconocido, como El barco de cristal, El fin de la noche, El hombre de la puerta de atrás y el propio Días extraños, son títulos de temas compuestos e interpretados por el grupo The Doors.

En el cuento hay detalles que permiten situar su trama al final de la Segunda Guerra Mundial: una incursión estadounidense a territorio japonés, y una fecha, la del lanzamiento de la primera de las dos bombas atómicas por parte de Estados Unidos, siendo su blanco la ciudad de Hiroshima: “Lo que en ese momento ignoraba era que había acabado con la última avanzada del Japón en el Pacífico y que sólo faltaba que llegara el 6 de agosto”.

Alejandro Meneses nos narra un trozo del tiempo de las tropas estadounidenses en el Japón; más específicamente el de un grupo de hombres con la misión de “revisar la retaguardia de las líneas niponas y regresar con el informe”.

El inicio guarda similitud con la letra del tema de los Doors: un soldado anónimo, japonés, que se le muere en las manos a Pollak, judío e integrante del comando estadounidense, y la intención –la que sólo se queda en eso– de abrir una tumba para sepultar el cadáver.

Luego, la misión, en apariencia sencilla, se vuelve un ir y venir en círculos en busca del paso que los llevará a las líneas enemigas, paso que existe en los trazos rojos de un mapa mas no en la selva.

En torno a esas caminatas en círculo, Alejandro Meneses, diestrísimo tejedor de atmósferas, coloca una opresiva, podría decirse fantasmal; una donde el sol, a la espalda, dibuja figuras que hacen voltear para cerciorarse de que ningún enemigo está al acecho, donde solitarios rostros esqueléticos se mueven en la noche y hacen pensar en un batallón, donde el viento afila “sus navajas en las ropas acartonadas” y la selva es una bruma mil quinientos metros más abajo.

Y como si se tratara de un tendedero, los personajes cuelgan de ella, aislados y vulnerables. Gallaher, Minneta, Hopkins, Red. Pollak. Desde el desembarco en una playa en la que la guerra es “una pesadilla que al amanecer se desvanece”, desde el primer turno en la vigilancia luego, por la noche, los integrantes del comando, cada uno lejos del otro, enfrentan algo semejante a una maldición, como un fantasma que los siguiera sin descanso: Red y Gallaher apuñalados, el primero en su puesto, el segundo el la montaña, Minneta lucha con alguien al borde del abismo y cae, la interrogante del final de Pollak, el que no encaja en el grupo, el blanco de bromas –“Pollak, también los judíos desayunan, ¿no?”, “Hey, Pollak, los judíos no creen en Jesús, ¿verdad?”

Se trata del japonés muerto, cadáver sin sepultura, lo intuimos. Pero más allá de eso, de la misión fallida, de que al final tanto el enemigo como el comando estadounidense quedan convertidos en partes del cuerpo del soldado desconocido –y olvidado–, el autor de Ángela y los ciegos deja tras de sí, en este cuento, olvidado como los personajes y recuperado por casualidad, una prolongación de las atmósferas que tan bien levantara desde su primer libro, Días extraños.

Wednesday, July 06, 2011

UN BOCETO



Mi colaboración para el número 50 del suplemento Alebrije, del diario Cómo?, acerca de Alejandro Meneses, fallecido hace 6 años. Maestro, escritor y amigo, seguiremos extrañándolo y leyendo su obra.




I




Del primer día recuerdo haberme sentado a una mesa que me pareció demasiado larga, a cierta distancia de un desconocido que leía. Fue dos o tres días luego de pedir información, más con los ojos y a un cartel pegado en el muro. Talleres. De cuento, poesía, técnicas narrativas. Recuerdo observar el ventanal. Y esperar. Luego, la sonrisa detrás de los anteojos, una mochila de piel, alguien no muy alto, de mezclilla y tenis, cabello al hombro. Quien impartía el taller de cuento: Alejandro Meneses.




Recuerdo poco de esa tarde. Preguntas acerca de lecturas, creo, de nuestras actividades. Éramos dos las únicas ajenas por completo a literatura, o más bien a la creación literaria –el desconocido, después lo supe, tenía un año o dos tomando los talleres de cuento con Alejandro Meneses–: una estudiante de diseño, si no me falla la memoria, y yo, laboratorista en una fábrica de acabado textil.




Al final de la clase Alejandro dejó la primera tarea: una estatua que aparece en algún lugar. Así, sin más. El desconocido que leía cuando llegué leyó un cuento, una historia de ángeles que lloran lágrimas de piedra y batas blancas de psiquiátrico.




Y me acerqué al maestro para hacerle una petición: ¿podía mostrarle algo que había escrito para un concurso? Dijo sí, dijo que le hablara de tú.




La siguiente sesión –jueves– leí aquella primera tarea, un relato de dos o tres cuartillas, de forma acelerada, con voz y piernas temblorosas: la primera vez que leía algo delante de otros. De ese ejercicio Alejandro rescató el que la estatua apareciera en un pueblo, detalle similar a los otros relatos: las apariciones ocurrían en sitios pequeños, donde se podían sentir como propias.




Luego vinieron otras tareas: narrar desde la primera persona del plural, tomar los seis días de la creación como base de un texto, cómo toman en un pueblo que no aparece en los mapas la muerte de un pontífice –ésta en el taller después del taller, en la mesa de la esquina donde, si era martes, posiblemente podía encontrársele–. Vinieron también las preguntas, el hacerme chiquita en la silla –“¿Ya leyeron Pedro Páramo? Sí. Opiniones. ¿Ya leíste Pedro Páramo? No. Ya tienes tarea”–, la extensión del taller, los cuentos, las versiones de esos cuentos, cuentos reescritos, el cambio de casa, nuevos compañeros… El taller de cuento era algo que esperaba durante la semana, un lugar agradable y fresco donde refugiarse luego del trabajo en la fábrica, en mi caso, donde olvidar teñidos e igualaciones siempre urgentes.




Lo permanente, además de algunos de nosotros, fue la amabilidad de Alejandro, la generosidad con sus alumnos, con nuestros textos –aunque no se pudiera rescatar de ellos más que el título–, sus enormes conocimientos y esa casi risa en los ojos.







II




De la última clase recuerdo el haber sincronizado los relojes, sí, como en una película de espías y autos que se persiguen. De nuevo una tarea: alguien que planea un crimen mientras cocina. Miércoles, ya no era la Casa del Escritor sino PlantAlta. Hasta allí lo seguimos, a un par de cuadras del antiguo taller. Se fue pronto, llevaba prisa; debía entregar el suplemento. Ese día no hubo taller después del taller.




En cambio hubo una llamada. Un día antes de la siguiente clase. ¿Has visto al Meneses? Sí, la semana pasada. Ah. Es que. Parece… Que falleció el fin de semana. Va a haber una reunión. Y colgué. Y seguí tecleando: hice que una mujer matara a su esposo, que lo cocinara. Y llegó mi turno para hacer una llamada similar.




Recuerdo que sí, que fue cierto. Recuerdo la fotografía blanco y negro que se superpuso al hueco que dejó la ausencia de mi maestro: era la que aparecía en el último libro que presentó, Casa vacía. También recuerdo el llanto, el enojo con el mundo, con la vida, con lo que muchos llaman un poder superior, una mano que rige nuestros pasos y nuestros días. El nicho en la iglesia del Rayo. Eso y los homenajes, los recuerdos de sus amigos, de sus alumnos, escritos en papel, suplementos, fotografías.




Lo supe. No veríamos más la casi risa detrás de sus anteojos. Aun así queda en este lado del mundo el recuerdo de un maestro que pedía se le hablara de tú –“¿por qué de usted?, no me pongas apodos”, dijo, bromista, a una amiga–, de alguien que, sólo con estar, me daba la sensación de llevar la pluma por el sendero correcto, de un escritor enorme, constructor impecable de atmósferas. Y sus libros, por supuesto. Siempre.

Monday, April 04, 2011

PALABRAS COMO ASTILLAS DE BRUMA


A veces es posible encontrarse frente a títulos que están a medio camino entre los llamados best–sellers, esos libros que se miden antes que nada por las ganancias que reportan sus altísimas ventas, y las obras que reflejan el esfuerzo del autor en su búsqueda, ya sea en el fondo o en la forma. Podría decirse que el caso de La sombra del viento cabe muy bien dentro de este cajón. Se trata de una novela del escritor Carlos Ruiz Zafón, publicada en el año 2002, la primera de su autoría no enfocada al público juvenil. En las casi quinientas páginas Ruiz Zafón nos entrega un escenario blanquecino, de cielos lechosos o negros, empapado de lluvias y madrugadas. Y sobre él, o más bien dentro, los actores de una historia que se asoman entre las brumas, algo sobre un libro que, contrario a la novela, ha vendido poco menos de cien ejemplares. Una Barcelona posterior a la Guerra Civil Española y a la Segunda Guerra Mundial es la que borda el autor entre serpientes de nube y madrugadas lluviosas, una ciudad de edificios viejos, abandonados algunos, ruinas habitadas otros. De su pluma también nace una sombra que se desliza entre fuentes con ángeles y calles oscuras. Un cuerpo negrísimo, sin rostro, vestido con sombreros y sobretodos; alguien que no deja ecos tras sus pasos, que recolecta los libros de un autor en específico para alimentar hogueras con ellos. Alguien llamado Laín Coubert, que quiere terminar con cualquier resto de memoria de Julián Carax quien, podría pensarse, es el personaje central de la novela. Un secreto y una promesa de silencio pedida a un niño de diez años es lo que nos entregan las primeras páginas. Eso y algunos ingredientes de un relato de misterio: Daniel Sempere y su padre, la visita a las cinco de la madrugada al Cementerio de los Libros Olvidados, un portón de madera. Es de la mano de Daniel que va asomándose Julián Carax. Daniel es quien recorre pasillos con muros de libros en el Cementerio de los Libros Olvidados, él descubre la novela escrita por Carax, “La sombra del viento”, como si dicho libro hubiera estado esperándolo. Daniel es quien empieza a asomarse, a hurgar en la maraña que envuelve a uno de los últimos libros de Carax que están, por el momento, a salvo del fuego. Su obsesión por conocer más del prácticamente desconocido autor es el hilo que nos guía a lo largo de la novela. Pero, ¿cuál es su motivación? El sabor que da el descubrir de un secreto, tal vez. O, si nos ceñimos a la que da Ruiz Zafón, la lucha por recuperar el recuerdo de su madre, muerta seis años antes de iniciarse la narración. Puede ser. Lo cierto es que el autor juega un poco –un mucho– con la idea del doble. Tanto a Daniel como a Julián les acarrea problemas la relación que tienen con una muchacha –Beatriz, en el caso de Daniel, Penélope en el de Carax–, ambos están rodeados de libros –el padre de Daniel es dueño de una librería de viejo, Julián desea ser “alguien llamado Robert Louis Stevenson”–, incluso llegan a compartir la misma pluma, una pieza artística dorada que perteneció a Víctor Hugo, según el comerciante; Daniel la recibe como regalo de cumpleaños de su padre, para Julián es el obsequio de una mujer no correspondida. Teniendo en cuenta esto, es posible que no haya una motivación definida en Daniel, sino que su destino sea recorrer la misma ruta que recorrió Julián así, sin más, sin preguntárselo apenas. En forma paralela a esa obsesión por Carax, transcurren los años posteriores a la Guerra Civil Española, personificados en Francisco Javier Fumero y Fermín Romero de Torres. Perseguidor y perseguido respectivamente. Fumero encarna al bando triunfador, al ojo que permanece siempre alerta, vigilando cada movimiento de quien esté en contra del régimen, sea de acto o de pensamiento. Mientras, Fermín tiene en sí lo que de escondido y silencioso, casi invisible, debe atribuírsele a los vencidos y ahora sometidos. Cambios de nombre, cicatrices de tortura en la piel y debajo de ella, la mendicidad y un sentimiento de culpa largo es lo que el inspector ha infligido al ayudante de la librería de los Sempere, personaje que Daniel conoce luego de recuperar el libro de Julián Carax –habiéndoselo regalado antes a Clara Barceló, sobrina ciega de Isaac, librero amigo de su padre– y de una desilusión amorosa, la primera en su vida, entonces de dieciséis años recién cumplidos. El crecimiento de Daniel Sempere va aunado a las huellas de Carax y a las de la guerra. De diez años al principio de la historia, descubre el amor platónico –del cual lo alejan a puñetazos– en las pupilas blancas de Clara, el físico, en compañía de Beatriz, hermana de su amigo Tomás Aguilar, hasta llegar a la paternidad y al matrimonio, en ese orden. La sombra del viento no es un best–seller propiamente dicho. Si bien, a decir de la página web de la editorial, ha vendido unos seis millones de ejemplares a nivel mundial, no cumple en su totalidad con la idea que de best–seller se tiene, pues podemos ver que su autor, pese a hacer uso de ciertas situaciones consideradas comunes, un incesto no conocido, por ejemplo, o a llegar a un cierto abuso de imágenes –personas, casas y objetos que languidecen–, hace un esfuerzo por construir metáforas y descripciones que ayudan a apuntalar esa atmósfera brumosa dentro de la que se desarrolla la novela, neblina que, a fin de cuentas, acaba por ser el personaje central de la novela, a cuyo amparo se desenmaraña el misterio que rodea al último libro de Julián Carax.

Sunday, January 30, 2011

DE LA IDEA DE LA INMORTALIDAD

El destello aparece en momentos específicos y se traduce no a un deseo, sino, tal vez, a una sensación: la de no ser mortales. Y esto no se refiere al hecho de trascender a la vida física –un fantasma, el recuerdo en quienes lo conocieron, escribir un libro, ser mentor de alguien–. Uno es inmortal. Punto.
Cuando se es joven, cuando se disfruta una compañía, hace acto de presencia esa ráfaga amarilla y plata que dice: “Tu vida es eterna”. O cuando se tiene poder. Y dinero. Mucho, demasiado. Tanto como para ser declarado el hombre más rico del planeta. Sí, se es inmortal.
En torno a esta sensación de eternidad gira la novela de Agustín Ramos Olvidar el futuro. Una persona, dejando de lado el hecho de que por fuerza tendrá que morir, detenta poder y posee más riqueza que cualquiera de los habitantes del planeta. Es el señor, así, sin un nombre. Pero más bien parece el rey: casado con la reina, su hija mayor es la princesa, la familia es dueña de empresas con alcance internacional, de mansiones enclavadas en campos de golf de dieciocho hoyos…
Y el señor es inmortal. O lo parece, porque el libro, editado a principios del 2010 por Tusquets editores en su colección Andanzas, comienza con su muerte. A manos del personaje–narrador, “el cuate este”, “el nuevo Carlos Fuentes”, dentro de un bunker disfrazado de fábrica de impresos vieja.
Luego, a lo largo de las trescientas diez páginas, el lector parece asistir a la historia reciente de México. El país de Olvidar el futuro es un hervidero de retenes, militares y no militares, de asaltos al transporte de pasajeros, de comentarios en torno a los medios de comunicación. De un no estar seguro qué pasa.
Un solo día basta. El nuevo Carlos Fuentes tiene una cita con el señor, una plática informal, y luego se traslada de la capital a Pachuca. Entre ambos eventos la trama, en medio de brotes de buen humor –el militar que quiere irse corriendo hasta Acapulco en vez de seguir vigilando a la familia del señor–, parece precipitarse a borbotones: la militarización, la guerra contra el narcotráfico, la historia del señor, de su maratónico enriquecimiento gracias a informes privilegiados, al contacto con la persona correcta –con el futuro presidente, por ejemplo–, su muerte, que se cuela por el agujero que un taladro le deja en la frente, y la toma del poder por parte de los militares.
Al principio suponemos que el asesinato del hombre más rico es el detonante, que la sola presencia del esposo de la reina, a modo de barrera de protección, mantenía más o menos a raya la violencia. Y entonces sucede: el arresto del hermano mayor del señor, la vigilancia y casi secuestro de la familia más cercana. Después de todo, como lo declara el narrador en la primera página, eran mortales. Igual que el señor.
A diferencia de ellos, la idea de la inmortalidad es como su nombre, predica con el ejemplo; ella sí es inmortal. Si tenía casa en la figura del señor, ahora ha fundado una nueva en el amorfo cuerpo de armas largas y uniformes con botas torturadoras. Los militares, antes al servicio del presidente, declaran el toque de queda, la suspensión de garantías, y toman el poder: ese que hace olvidar el futuro y obliga a la gente a creer que es inmortal, ese largo y ancho y alto, sin tamaño de tan grande, ante el cual uno se pregunta ¿vale la pena detentarlo por determinado lapso de tiempo?, y se responde “no; para disfrutarlo por completo debemos ser inmortales, a fuerza”.

Tuesday, December 21, 2010

ELEFANTE BLANCO (Acerca de la fusión de las secretarías de educación y cultura)


Esta mañana, en Profética, Casa de la Lectura, se llevó a cabo una conferencia de prensa en relación con los insistentes rumores acerca del plan que la nueva administración, encabezada por Rafael Moreno Valle, tiene de fusionar las secretarías de educación y cultura.
Los funcionarios electos no han desmentido ni confirmado dichos rumores, se dijo a las once de la mañana en el patio de la casa ubicada en la esquina de la 3 sur y 7 poniente. Se habló de arrebatar a los ciudadanos parte de su patrimonio, el cultural.
Y estoy de acuerdo. La educación y la cultura, si bien son muy cercanos, requieren, creo, de instituciones independientes para su atención, ¿por qué fusionarlos? No sería por motivos económicos, está visto: así lo comprueba el plan de dividir la Secretaría de Administración y Finanzas en dos, o el de crear la Oficina de la Gubernatura (?).
En este país, la mayoría de los estudiantes están reprobados: no hay comprensión de la lectura –de hecho no hay lectura, y las actividades extraescolares, llámese tareas, van destinadas a que no haya lectura, al menos por placer–, las operaciones básicas representan un problema, se retiran de los libros de texto pasajes básicos de la Historia de México, como sucede con la época colonial, en esas mismas páginas se adulteran ilustraciones, como en el mural El paso de Bering, del artista Iker Larrauri, en fin; hay varios puntos que podrían mejorarse en los programas educativos.
Si hablamos de quienes se encargan de impartir las clases, los profesores, el escenario tampoco es muy bueno, pues prácticamente son vistos como votantes y nada más, como un cuerpo amorfo que engrosa las filas de quien en determinado momento convenga a la líder de su sindicato, Elba Esther Gordillo. Para esta persona, los profesores son una masa que puede movilizar.
Lo que prevalece en la educación es la política por encima de la educación misma. Y es conveniente para los gobiernos: un pueblo adormecido por los programas de la televisión abierta, por la deficiente educación que se imparte, es un material dúctil para fabricar con él lo que le plazca al ocupante en turno de las oficinas de gobierno.
Por otro lado, pareciera que la cultura es de los aspectos que menos importa a quien está en el poder. Así lo comprueban la no asistencia a reuniones para escuchar a los creadores, por ejemplo, o las casi nulas propuestas de un candidato, cualquiera, en el ámbito cultural.
Y digo pareciera, porque también ese no interés podría significar lo contrario.
En la literatura, por poner un ejemplo, cabe cualquier aspecto de la vida real: la ficción es un reflejo del mundo. El cine es otro espejo de la realidad: aquí cabría citar la película “V for vendetta” (V de venganza, en español). Dentro de la trama, se dice que los artistas usan la mentira para decir una verdad. Esto sería otro equivalente de la ficción como reflejo del mundo, de lo que pasa en él, de lo que sus habitantes piensan y sienten y hacen.
La percepción del pueblo, en general, es que la política es una maraña sucia, algo que sirve para que muy pocos ganen poder y abran otra cuenta más en un banco extranjero. La política, como parte de la realidad, también puede verse reflejada en la ficción. Y si el hipotético usuario de la cultura se asoma a ella, y si empieza a preguntar, y si empieza a pensar, a cuestionar la información que recibe por parte de los medios de comunicación…
Tal vez la educación y la cultura sí sean rubros importantes, después de todo: importante mantener su perfil bajo, en el caso de la educación; importante hacer un elefante blanco del nuevo instituto o subsecretaría, como se rumora que quieren hacerlo.

Saturday, November 27, 2010

ELLA, ¿HUMBERT?


La seductora de doce años, la del nombre de tres sílabas o sólo una: Lo. La Lolita de Nabokov, la escrita en 1955, la novela que escandalizó y en la cual se basaron dos películas. La ninfa sobre la cual descansa una antología editada en el 2005 por la Universidad Autónoma de Puebla. A esa primera convocatoria de Jorge Arturo Abascal Andrade respondieron catorce autores, quienes formaron la trama del libro De párvulas bocas, retratando al personaje desde distintas miradas.
Ahora, el mismo compilador hace un segundo llamado. La consigna, tejer la figura invertida de aquel primer volumen. Y así nos encontramos con Volver a los diecisiete, libro coeditado por Ediciones de Educación y Cultura, Duermevela, el Instituto Municipal de Arte y Cultura del Ayuntamiento de Puebla, Profética, Casa de la Lectura y UNARTE, en el que si bien más de un personaje se distancia de la imagen de una lolita –lolito–, persiste la seducción, ese algo de un hombre joven que atrae a una mujer mayor.
Y como antes lo hicieran Alejandro Meneses, José Sánchez Carbó, Alejandro Badillo, Guillermo Samperio, el propio Jorge Arturo Abascal, entre otros escritores, trece autoras, entre ellas Beatriz Meyer, Iris García, Isabel González, Beatriz Espejo, acudieron para construir no al Lolito de una manera estricta, sino al personaje masculino siempre más joven, al “antídoto eficaz contra el hastío” en la mayoría de los casos.
Nos encontramos, sin embargo, con dos cuentos que se apegan más al personaje creado por Nabokov: “Boca de viuda” y “Un trato”. En ambos, Beatriz Meyer e Iris García respectivamente, ofrecen a nuestros ojos la relación entre un niño de doce, trece años, y una mujer mayor de cuarenta. En “Boca de viuda”, desde una tercera persona alejada en el tiempo, el niño seduce para luego rechazar en un matrimonio arreglado por el marido de ella antes de su muerte. Con gran sentido del humor, Beatriz Meyer nos entrega los recuerdos de una familia en la que las mujeres heredaron “cierto gusto por los jovencitos” y los varones, desde chiquitos, “corren detrás de cualquier viuda de boca golosa”.
“Un trato” es un momento que nos recuerda a la Lolita conciente de la muerte de su madre. El consuelo de un abrazo, la ternura –la atracción, en este particular– que despierta el acto de bañar a un niño en la prostituta que bien podría ser su abuela.
Luego, texto a texto, el Lolito se va deshaciendo de las amarras de ese título, gana un poco de edad. En algunos se conserva algo de la intención de la novela, como el adolescente que le coquetea a una persona mayor en “Tarde de café”, de Paloma Villalobos, o el viaje en la narración de Amelia Domínguez, “La ceiba”, que relata un trayecto en camión, en taxi, al final del cual la mujer descubre a un “muchachillo que no tendría ni 18 años”, empleado de hotel con quien termina teniendo una relación más duradera, la que deseó para sí Humbert–Humbert.
“Maldita luna” toca otro de los aspectos de la novela: la obsesión por una persona a la que no se puede tener. En la obra de Nabokov la causa es la muerte: Humbert desarrolla su deseo gracias a la búsqueda de una nueva Annabel, su amiga de infancia y adolescencia muerta hace mucho. En este cuento la causa es un tabú; una mujer que busca a su hijo de veintipocos a través de otros cuerpos, incesto triangulado.
Y si bien otras pieles envuelven al Lolito y lo despojan de ese título –hombres de treinta que cuelgan un anuncio en el periódico, recomendados de veintiuno, mulatos vagabundos, masajistas a domicilio, estudiantes de veinticuatro a quienes se ofrece un “último aliento de mujer”, un modelo sin edad–, en cada cuento persiste la seducción; no la que emana de un adolescente, un casi niño, y que atrae a la mujer de cuarenta o más, sino la que encierra el querer alejarse de la soledad –incluso de una sentencia de muerte gracias a una enfermedad terminal–, el intentar llenar un vacío con una cita conseguida por medio del periódico, con clases de pintura luego de enviudar, con paseos sin rumbo mientras el marido asiste a un “desayuno para hombres solos, culminación de ajustes y contratos”.
Goteos rojos en una existencia gris, momentos en los que se sonríe “como si todavía tuviera diecisiete y aún la vida fuera una promesa”, es lo que destilan las páginas de esta antología, siempre de la mano de un personaje que no es del todo un “lolito”.

Sunday, November 07, 2010

PERDÓN


No sé si mañana, si los cinco días funestos hagan morir al sol, si vuelva a nombrar cosas con el teclado y las yemas, no sé si haya mañana. Hoy pido perdón por atreverme a pensar que nadie notaría al intruso en mi sombra, por moverme de mi hueco, por pensar que podía ir a otro lado, que mis piernas eran libres y no tenían por qué estar en la misma ratonera, en el rincón a ellas destinado. No sé si haya mañana para las palabras, para mis palabras de papel y tinta y cursores y vagabundos y porcelanas rotas y enormes ingenuidades. No sé. Tal vez hoy por la noche, a la hora de los fantasmas, a lo mejor mañana la corriente de su sangre reanuda el paso, escuchándose sus palpitaciones. Pero mañana no cuenta, es de calendario, una hoja rota o sin pasar. Hoy un peso mayor vence mis hombros. Hoy inclino la cabeza y pido perdón. Perdón.

Monday, September 27, 2010

LOS DAMNIFICADOS DEL LUNES


Ocho pesos podría no significar una cantidad grande. Podría. También es cierto que tanto refacciones automotrices como combustibles aumentan su precio –la gasolina cada mes–. Pero esto aplicado al transporte público se anula. Ocho pesos el pasaje porque los gastos de operación han aumentado y se hace necesario el aumento. No, no y no.

Una subida de tres pesos significan, por lo menos, seis pesos a diario (todos los que vamos a algún lado tenemos que regresar, ¿o no?); para una familia en la que más de dos van a la escuela haciendo uso del transporte público, ya es otra cosa. Y ni se diga si se utiliza más de una ruta para dicho traslado.

Tres pesos es un aumento del sesenta por ciento en base a la tarifa actual.

Y el argumento de tanto gasto, pobres mártires que pagan un aumento mensual de gasolina sin percibir mayores ingresos, sacrificando sus raquíticas ganancias en bien de los usuarios (hay que hacer un altar al concesionario, tan bueno, él, tan santo), de igual modo se va por el caño: quien asume dichos gastos, así como las famosas mordidas, son los choferes. El dueño de la ruta extiende la manita y a cambio recibe una cuenta de mil pesitos, o dos mil, dependerá de la ruta, por unidad, por turno. Así que las cuentas, pues nada más no salen.

Tanto choferes como usuarios en general, estamos debajo de la bota, perdón, de la pezuña de un asno que sólo sabe extender la mano y contar billetes. Por causa de ellos es el mal servicio del transporte público: las corretizas entre unidades, el que en cuanto pones medio pie fuera del estribo arrancan, el ir más apretados que en una lata de sardinas con una etiqueta de 50% más producto gratis. Para los hombres –y algunas mujeres– al volante son los insultos que deberían dirigirse a los contadores de dinero que, seguro, viven como mínimo en la Vista y ni por asomo harían uso de sus propias unidades. Se les ensucia el Armani.

Hoy, gracias a estos burros, a quienes ya se les hizo imposible, según ellos, sostener la misma tarifa ante al alza de combustibles y refacciones, se pudo ver en las calles de Puebla paradas atiborradas. Hombres, mujeres, mirando hacia el final de la calle, el reloj, caminando y volviendo a regresar. Los damnificados del lunes. Y se dijera que es una causa justa; no lo es. Aumentar de una manera tan abusiva, por decir lo menos, un servicio básico para la gran mayoría de la gente, ni por asomo es una causa que justifique hacer marchas y paros que trastoquen a terceros. Son millonarios queriendo aumentar su cuenta en el banco o queriendo cambiar el modelo del año pasado. Y esos no tienen ningún derecho de hacer paros.

También gracias a estos casi mártires de los gasolinazos es que mucha gente tuvo que hacer un gasto que no estaba previsto: taxi (y me incluyo en este grupo). Cincuenta pesos, por ejemplo, que tal vez no se tienen o que se asignaron a otro gasto. Es eso o llegar con retardo a los centros de trabajo (si es que se tiene ese privilegio, tan escaso en este sexenio del mini presidente de la nariz de Pinocho), o faltar porque el reglamento dice que después de cierto tiempo de tolerancia lo que procede es regresar al trabajador a su casa, pues llegó tarde.

¿Qué hacer en el país de no pasa nada? Seguro la gente rascará un poco de aquí y de allá –en donde haya grasita, como lo dijo hace tiempo alguna insigne legisladora panista, de cuyo nombre no me quiero acordar, pero que es lo mismo, pues para el caso, políticos son (María Teresa Ortuño es el nombre con la que la bautizaron, crédito a San Google)–, y afrontar el gasto. Como siempre. El castigo es para la base de la pirámide; también como siempre. A ver hasta cuándo.

Friday, September 03, 2010

EXPOSICIÓN "VOLCANES: EXPLOSIONES DE POBLANIDAD"


Gracias al Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, por la invitación, y felicitaciones por la idea de juntar letras y pintura en un solo espacio. Esta es mi participación. La exposición estará en las Galerías del Palacio Municipal hasta el 26 de septiembre.




El latido del volcán
Judith Castañeda Suarí

I
Es suyo el sueño del volcán. Hoy quiere aguardiente y chiles; el tiempero lo lee, no necesita reportes meteorológicos ni sísmicos. Pasa las páginas rojas, interpreta y luego sube a la caverna.
Pero no encabeza la procesión; camina delante de él una voz como de magma –la de tiemperos viejos, la propia–: ojalá no haya pedido también un traje nuevo, dice, con grietas, o en vez de agua lloverá fuego sobre el maizal.

II
El tiempero no puede irse. ¿Luego quién va a traducir las palabras de Don Gregorio?; viene mayo, hay que darle semillas, comida, un pantalón nuevo tal vez. Los hombres lo jalan, lo empujan. Y él aún se defiende, aún levanta polvaredas con los pies. Y sigue quejándose.
En el autobús nadie escucha al viejo, nadie piensa en la entrada al Tlalocan ni en un dador de agua. Su nieto ayuda a subirlo, después se sacude el polvo de las manos y pone un pie en el estribo.

III
Retira los ojos del cielo, gris de pulsaciones. Se vuelve hacia la ciudad. Los tendederos extienden las alas, alguna obra negra. Y se le va la sonrisa. Allá debe estar, pero no lo distingue. Su tiempero. Exhala, una bocanada más que traza moretones en la tierra, cenizas en el horizonte ahora sin cumbres de la ciudad.

IV
A los pies de los hombres les falla la memoria, confunden las ropas del ayuntamiento con las de la caverna, y hacen una procesión a la ciudad.
La cumbre mira las espaldas. Y recuerda el sueño de agua y su antiguo traje de velas, de plumas, de senderos hacia lo alto; ahora el mismo sueño lleva fertilizantes, tuberías. Por eso ella atesora cada gota. Por eso su corazón se hizo blanco. No importa si el pecho de la mujer dormida a su lado se agita, el hielo no se derretirá. Y no volverá a llover.

Saturday, July 31, 2010

UNA TRENZA


Más que agradecida con Eve Gil por esta bella trenza. Aquí el enlace a su blog La Trenza de Sor Juana:

http://trenzamocha.blogspot.com/2010/07/el-deja-vu-de-holofernes.html

Sunday, July 04, 2010

A CINCO AÑOS... Y LA NOSTALGIA NO SE VA


Algo que dejó el FIP de noviembre...



Imágenes

Sí, estuviste. Volviste a caminar por las calles del centro, en la Casa del Escritor, a donde nos mudamos dos años antes de tu muerte. Y te vi dentro. No en el salón de los talleres, en la planta alta, al final del pasillo, sino en el de conferencias, el de las presentaciones de libros. Me miraste un rato desde la pared. Los anteojos, el último volumen que presentaste en Profética –una antología–, tus amigos de la universidad hace unos veinte años. Sí, eras tú, lástima que sólo fuera bidimensional. Te seguimos extrañando. Tus alumnos, yo, la improvisada de todas las mesas.
Escribí un texto corto, algo sobre la vida de los ojos, la mirada, y cómo la deslizamos en las líneas de una libreta, junto al bolígrafo, al lápiz, o a lo largo y ancho de la página de la computadora. Qué viste, cómo lo viste, recordé de los talleres contigo. Un cuento de Ángela y los ciegos para cerrar los quince o veinticinco minutos.
Sí, ensayé una noche antes, ese día por la mañana, medí el tiempo mirando las manecillas. También respiré profundo y me emocione al verte en el muro. Sonreí. Escuché atenta la ponencia de Diana Hernández, compañera y amiga tuya de universidad: era su tesis de maestría, que rescata tu obra.
Para lo que no estaba lista era para tu voz. Nunca lo intuí. El presentimiento llegó casi como un golpe, enfundado en traje negro de amenaza. Diana guardaba unas cinco horas de grabaciones acerca de ti y tuyas, dijo, y buscando un fragmento para su participación, siempre le llegaba un instante del cuento El fin de la noche. De Días extraños. Y sí, derribaste los bloques puestos a mi alrededor. Te metiste en mi voz. La estiraste, le dibujaste fisuras en algunos momentos, las que traté de brincar, de rellenar con argamasa de pausas y respiraciones. Y no pude. El principio del libro en el que a lo largo de los cuentos el personaje–narrador nunca logra comprender ni alcanzar a su prima, por momentos breves, cayó en esas fisuras abiertas con tu voz minutos antes. A gotas, apenas, pero el rumor de agua llegó más allá de la mesa.
Estuviste, como lo pensé antes de llegar. Pero no esperaba verte y escucharte. Y fue peor sabiendo que esas imágenes y esa voz no salían de alguien con sombra y brazos y piernas. Es cierto, aunque seguimos sintiendo tus pasos y tu mano en autores jóvenes, alumnos tuyos que intentan llevar vida a tu muerte (Alejandro Badillo y sus dos publicaciones casi simultáneas, Elías D’Alva, quien recordó los talleres sentado a mi derecha), no volveremos a verte como antes, cada jueves, o los miércoles, o los martes, leyendo en la mesa de la esquina. Sólo en fotografías, sólo en grabaciones de audiocasette. Sólo dentro de nosotros y en nuestros cuentos.

Sunday, June 13, 2010

ANDAR PÁGINA A PÁGINA

La ciudad, ahora un lugar de papel y letras. Caminamos con los ojos, con las manos, por sus calles–renglones. Ni piedras ni asfalto, la ciudad tiene párrafos en cada esquina, voces tan distintas que comparadas podrían tomar la apariencia del Centro Histórico frente al Triángulo de las Ánimas.
Se trata de la ciudad que nos ofrece el segundo título de la serie Los urbanos, Puebla directo, 15 relatos de la ciudad, una coedición del Instituto Municipal de Arte y Cultura del Ayuntamiento de Puebla y la Universidad Autónoma de Puebla.
En sus páginas vamos del boulevard 5 de mayo a la contraesquina de la Catedral, acompañando a estudiantes que llevan en la cabeza una apuesta y una preocupación. Tal vez ambos asistan a la misma facultad, a salones contiguos. Son los primeros relatos, cerca del origen de lo que sería un lugar intermedio entre la nueva ciudad, levantada con la fuerza de los brazos, los escombros y las lágrimas del recién muerto imperio mexica, y el puerto de Veracruz. Junto a los personajes medimos la distancia entre los cines del boulevard y las librerías de la siete. Una pluma blanca en el bolsillo, la cita que abrirá la puerta a la posibilidad de un auto. Los vemos recorrer puntos señalados con tinta en un mapa, igual que al marido de Núñez: el barrio de Santiago. Nuestras manos se llenan de salsa de chile chipotle y crema, como las de él y las de su familia, luego de misa, cuando van a cenar guajolotes en el puesto de La güera, una anciana que desde hace veintitantos años está encorvada friendo panes para prepararlos.
Las capillas de velación Valle de los Ángeles, los portales, son otros rincones fijos, llenos de encuentros: una prima, sus celos, un hombre pasado, el monstruo sagrado de las letras, o su doble. Otros no nos permiten situarlos con exactitud: las oficinas del Seguro Social, un departamento de ubicación céntrica, la costosa universidad privada, una fiesta de políticos. A esos sitios casi fantasmales acuden recuerdos de niño con tropezones y moscas, robos de libros, automovilistas con nombres imposibles de pronunciar, el darse de baja de la carrera para volver al pueblo, fracasado.
Pero siguen siendo lugares, una esquina, un edificio, tienen elevadores, mesas, sillas, quizá jardines, sirven café y cerveza. A diferencia de ellos, en otros relatos la ciudad nos salta desde dos correos electrónicos que narran cómo se va entubando un río. O bien desde un mensaje de voz, o una libreta de viajes.
La libreta la imaginamos pequeña, de esas que retienen sus secretos con un resorte negro, de tapas duras, para llevarse en el bolsillo, en el hueco de la mano, y registrar lo que un ojo extranjero descubre en las calles cercanas al río entubado, en lo barroco de los edificios, en la urbe donde no podrá extraviarse.
Una de las historias sobresale desde detrás de esta contemporaneidad. Siglos idos, tiempos de carruajes, de matrimonios arreglados y sábanas de bodas bordadas a mano, de cinco jornadas entre Veracruz y Puebla.
Estudiantes, viudas, universidades públicas y privadas, trámites en el Seguro Social, congresos literarios, apuestas, empleos no conseguidos, fiestas que intentan romper un record Guiness con su duración, velorios. Mosaicos, al fin, que caben dentro de la ciudad que se nos presenta en la portada de Puebla directo, en escala de grises, con pasos a desnivel, anuncios espectaculares y edificios altísimos, de piel tan diferente a la que empezó a desarrollarse entre ángeles y sueños, y sin embargo con el alma idéntica a la de ese principio, pues pensada para ser un descanso a media ruta hacia el puerto, un lugar de paso, sus calles–páginas continúan abriéndose, cobijando al viajero, dándole hospedaje a los quince narradores de esta antología, a los quince relatos–voces, lejanas unas de las otras.

Saturday, April 17, 2010

VIRGINIA WOOLF, ORLANDO, LA LITERATURA...


El lector que haya intimado con las severidades del trabajo de redactar no necesitará pormenores: cómo escribió y le pareció bueno; releyó y le pareció vil: corrigió y rompió; omitió; agregó, conoció el éxtasis, la desesperación; tuvo sus buenas noches y sus malas mañanas; atrapó ideas y las perdió; vio su libro concluido y se le borró; personificó sus héroes mientras comía; los declamó al salir a caminar; rió y lloró; vaciló entre uno y otro estilo; prefirió a veces el heroico y pomposo; otras el directo y sencillo; otras los valles de Tempe; otras los campos de Kent o de Cornwall; y no llegó nunca a saber si era el genio más sublime o el mayor mentecato de la tierra. (pág. 72, edición de Edhasa, 2009)

Porque parece –su caso era una prueba– que escribimos, no con los dedos, sino con todo nuestro ser. El nervio que gobierna la pluma se enreda en cada fibra de nuestro ser, entra en el corazón, traspasa el hígado. (pág. 211, edición de Edhasa, 2009)

¿La Literatura? ¿La Vida? ¿Convertir la una en la otra? ¡Qué monstruosamente difícil! (pag. 248, edición de Edhasa, 2009)