Gracias al Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, por la invitación, y felicitaciones por la idea de juntar letras y pintura en un solo espacio. Esta es mi participación. La exposición estará en las Galerías del Palacio Municipal hasta el 26 de septiembre.
El latido del volcán
Judith Castañeda Suarí
I
Es suyo el sueño del volcán. Hoy quiere aguardiente y chiles; el tiempero lo lee, no necesita reportes meteorológicos ni sísmicos. Pasa las páginas rojas, interpreta y luego sube a la caverna.
Pero no encabeza la procesión; camina delante de él una voz como de magma –la de tiemperos viejos, la propia–: ojalá no haya pedido también un traje nuevo, dice, con grietas, o en vez de agua lloverá fuego sobre el maizal.
II
El tiempero no puede irse. ¿Luego quién va a traducir las palabras de Don Gregorio?; viene mayo, hay que darle semillas, comida, un pantalón nuevo tal vez. Los hombres lo jalan, lo empujan. Y él aún se defiende, aún levanta polvaredas con los pies. Y sigue quejándose.
En el autobús nadie escucha al viejo, nadie piensa en la entrada al Tlalocan ni en un dador de agua. Su nieto ayuda a subirlo, después se sacude el polvo de las manos y pone un pie en el estribo.
III
Retira los ojos del cielo, gris de pulsaciones. Se vuelve hacia la ciudad. Los tendederos extienden las alas, alguna obra negra. Y se le va la sonrisa. Allá debe estar, pero no lo distingue. Su tiempero. Exhala, una bocanada más que traza moretones en la tierra, cenizas en el horizonte ahora sin cumbres de la ciudad.
IV
A los pies de los hombres les falla la memoria, confunden las ropas del ayuntamiento con las de la caverna, y hacen una procesión a la ciudad.
La cumbre mira las espaldas. Y recuerda el sueño de agua y su antiguo traje de velas, de plumas, de senderos hacia lo alto; ahora el mismo sueño lleva fertilizantes, tuberías. Por eso ella atesora cada gota. Por eso su corazón se hizo blanco. No importa si el pecho de la mujer dormida a su lado se agita, el hielo no se derretirá. Y no volverá a llover.
Judith Castañeda Suarí
I
Es suyo el sueño del volcán. Hoy quiere aguardiente y chiles; el tiempero lo lee, no necesita reportes meteorológicos ni sísmicos. Pasa las páginas rojas, interpreta y luego sube a la caverna.
Pero no encabeza la procesión; camina delante de él una voz como de magma –la de tiemperos viejos, la propia–: ojalá no haya pedido también un traje nuevo, dice, con grietas, o en vez de agua lloverá fuego sobre el maizal.
II
El tiempero no puede irse. ¿Luego quién va a traducir las palabras de Don Gregorio?; viene mayo, hay que darle semillas, comida, un pantalón nuevo tal vez. Los hombres lo jalan, lo empujan. Y él aún se defiende, aún levanta polvaredas con los pies. Y sigue quejándose.
En el autobús nadie escucha al viejo, nadie piensa en la entrada al Tlalocan ni en un dador de agua. Su nieto ayuda a subirlo, después se sacude el polvo de las manos y pone un pie en el estribo.
III
Retira los ojos del cielo, gris de pulsaciones. Se vuelve hacia la ciudad. Los tendederos extienden las alas, alguna obra negra. Y se le va la sonrisa. Allá debe estar, pero no lo distingue. Su tiempero. Exhala, una bocanada más que traza moretones en la tierra, cenizas en el horizonte ahora sin cumbres de la ciudad.
IV
A los pies de los hombres les falla la memoria, confunden las ropas del ayuntamiento con las de la caverna, y hacen una procesión a la ciudad.
La cumbre mira las espaldas. Y recuerda el sueño de agua y su antiguo traje de velas, de plumas, de senderos hacia lo alto; ahora el mismo sueño lleva fertilizantes, tuberías. Por eso ella atesora cada gota. Por eso su corazón se hizo blanco. No importa si el pecho de la mujer dormida a su lado se agita, el hielo no se derretirá. Y no volverá a llover.
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