Wednesday, July 04, 2012

4 DE JULIO


Hoy hace siete años morí por segunda vez. Hoy sigo escuchando ese rumor a través de la línea telefónica. Rumor que ha perdido su característica, ese halo de voces que murmuran “a lo mejor”, “parece”, porque es un hecho real. Sin regreso. Porque fue cierto. Hoy la tristeza sigue mordiéndome la garganta y bebiendo de mis venas. Continúo extrañando los miércoles, los jueves, las siluetas sentadas en torno a una mesa larga, a una voz calma que dictaba rutas sobre un papel lleno de obsesiones, de caminos a los que no se les encontraba una salida a simple vista. Extraño las tareas hechas tinta, las notas en los márgenes, en la parte baja de la página, que traducían a pigmento y celulosa una opinión, una flecha negra sobre fondo amarillo que indicaba una posible dirección correcta. No hay atrás. Así, hago lo que debo hacer: abrir un libro y leer, imaginármelo en esa voz de primera persona, dentro del narrador que nunca entrará en el rincón donde madre y prima están juntas, abrazándose, sin necesidad de nadie más. O encontrarme con esa ausencia del padre, trozo de su biografía esparcido sobre textos que hablan de Altzayanca y de Santa María de los Niños y de Huamantla. Recordarlo porque no queda de otra. No hay un taller, un contraesquina de la catedral a las cinco el martes donde encontrárselo y hablar de libros y de las tareas que deja y de los cuentos que llevamos la sesión pasada y reír un poco mientras en el televisor gritan gol. Recordarlo e intentar no llorar porque lo que hay más allá del “parece que falleció el fin de semana” de hace siete años, de la urna de cenizas, de las fotografías blanco y negro sobre una mesa blanca, es un campo erosionado, un sembradío cundido de negro y de agua y sal, de hierbajos que se tragan el nitrógeno y frenan cualquier fotosíntesis, cualquier germinación. Porque sólo eso resta cuando alguien deja un hueco, una ausencia, donde debería estar: un recuerdo. Porque de mí tampoco sobrevive mucho; solo restos, sólo estertores. Y si recuerdo, si recorro aquellas páginas, los libros, las historias, las sesiones, traeré hasta mí el cuerpo que tenía, el aliento viejo, la sombra de cuando respiraba, de cuando aún guardaba latidos dentro, y me olvidaré por un instante del espectro que soy, del ser –esa nada– que murió por segunda ocasión hace siete años el cuatro de julio.

1 comment:

Manuel Iguiniz said...

Precioso texto
Me emocioné mucho de recordar