Wednesday, December 14, 2005

FIN DE AÑO.


Es buen tiempo para pensar un poco y escribir otro tanto sobre lo que nos trae cada fin de año. Dirán, sí, trae paz, niños comiendo dulces azulosos, familias alrededor de una mesa cundida, árboles iluminados de los que cuelgan esferas rojas y plateadas, guirnaldas colgando de nuestra puerta y bailes desde el anochecer hasta que el cielo tiene pincelazos anaranjados. O lo anterior, exceptuando la mesa, el baile, los dulces, los árboles y las guirnaldas: sólo la compañía de los padres, hijos, primos, abuelos, amigos...
A veces el fin de año es la duplicación de nuestra soledad.
Las fiestas de fin de año traen rostros que viven en otra dimensión, cuya puerta de acceso es un epitafio en la cripta, un pequeño compartimento encerrado dentro de la iglesia, una fotografía en la repisa. Nos humedecen los ojos y cierran la garganta, nos estrangulan por dentro. Esperan que dibujemos una imitación de sonrisa, que nos sumerjamos en piscinas de sidra y vodka, que, a solas, la sonrisa estalle al no poder congelarse un segundo más en nuestro rostro.
Y es a solas cuando llegan esas visitas transparentes, las personas hechas de sales de plata emergen de fotos, se posicionan dentro de la cabeza y repiten momentos en nuestra compañía: caminar de madrugada en busca de un taxi, pláticas entre vasos llenos de refresco y alcohol, lectura de historias metidas en papel tamaño carta. Nos hacen sentir de nuevo que nos necesitan, les llevamos un libro hasta el sillón, las ayudamos a ponerse en pie, ofrecemos nuestros brazos para que no regresen al suelo, sonreímos ante lo que ya no puede leer ni caminar, ante quien ya no está y no volverá a estar nunca; aunque nuestra mente los forjara de agua y tierra, ¿qué haríamos? Un maniquí que no podría responder a nuestros brazos abiertos, a los hola suspendidos como plumas en el aire.
Trae, repito, los ojos húmedos y el rostro deformado, el querer cerrar la puerta para que los trineos se estrellen en el jardín; ganas de mutilar los cuernos de los renos, el marfil en elefantes, la joroba del camello y golpear con martillos la herradura en los caballos, convertir cada esfera en pedacitos brillantes, bajo los zapatos, de estar acompañados por nuestra sombra y no felicitar a nadie (¿por qué?), de que la arena en los relojes caiga hacia arriba, las manecillas giren a la izquierda y que esos cuerpos vuelvan a tener peso y volumen, que el sol los duplique de nuevo sobre los adoquines y sus pasos generen eco a nuestro lado.
El fin de año también es ganas de apagar el día e incinerar pétalos rojos. De visitar las regiones oscuras que, a decir de varios, ocupan nueve planos por debajo de la tierra. Quedarnos allí, levantando mantas hechas de pelusa para buscar caras surcadas de sol y tiempo, otras apresadas entre anteojos rectangulares. Preguntando a cada persona dónde están, si los han visto leyendo con los pies apoyados en una mesa y el bastón al lado, o en un bar de fuentes secas y televisores encendidos en canales de música. Conteniendo el aliento y la decepción al ver majillas de calcio y dientes como estacas, no encontrar a quienes esperábamos.
A veces, en los casos más extremos, aumentan las ganas de abrir el propio cuello y dejar que esa pesadez invada la atmósfera, liberar los sollozos para que vayan a disolverse a un río; jalar del gatillo, apretar el nudo, respirar agua para después volver a esos mismos rostros, a verlos. Allí, se podría pensar, sí los saludaremos, nos meteremos en su abrazo y nuestros ojos se unirán a su mirada... ¿y si no es así? ¿Si flotáramos hechos nubes, alejados por los continentes, el ecuador y los usos horarios? ¿Valdría la pena?
Debe pensarse que la noche de San Silvestre no sólo es la muerte de un lapso de 365 días; también podría convertirse en la muerte de tejidos y músculos, en la nota sensacionalista de la sección policiaca, en la reafirmación de que la escencia, el soplo que habita este frasco en constante descomposición llamado cuerpo, hace tiempo que se evaporó.

2 comments:

El Caballero inexistente said...

Te faltaron multitudes en centros comerciales, santa closes en una montaña rusa, tráfico horripilante, gente amontonada en una iglesia, y atracones de antología.

Salud

Judith Castañeda said...

Hola, caballero!!!!
Gracias por recordármelo... ¡salud! Y que tus fiestas de fin de año no tengan esos ingredientes...