Sunday, June 13, 2010

ANDAR PÁGINA A PÁGINA

La ciudad, ahora un lugar de papel y letras. Caminamos con los ojos, con las manos, por sus calles–renglones. Ni piedras ni asfalto, la ciudad tiene párrafos en cada esquina, voces tan distintas que comparadas podrían tomar la apariencia del Centro Histórico frente al Triángulo de las Ánimas.
Se trata de la ciudad que nos ofrece el segundo título de la serie Los urbanos, Puebla directo, 15 relatos de la ciudad, una coedición del Instituto Municipal de Arte y Cultura del Ayuntamiento de Puebla y la Universidad Autónoma de Puebla.
En sus páginas vamos del boulevard 5 de mayo a la contraesquina de la Catedral, acompañando a estudiantes que llevan en la cabeza una apuesta y una preocupación. Tal vez ambos asistan a la misma facultad, a salones contiguos. Son los primeros relatos, cerca del origen de lo que sería un lugar intermedio entre la nueva ciudad, levantada con la fuerza de los brazos, los escombros y las lágrimas del recién muerto imperio mexica, y el puerto de Veracruz. Junto a los personajes medimos la distancia entre los cines del boulevard y las librerías de la siete. Una pluma blanca en el bolsillo, la cita que abrirá la puerta a la posibilidad de un auto. Los vemos recorrer puntos señalados con tinta en un mapa, igual que al marido de Núñez: el barrio de Santiago. Nuestras manos se llenan de salsa de chile chipotle y crema, como las de él y las de su familia, luego de misa, cuando van a cenar guajolotes en el puesto de La güera, una anciana que desde hace veintitantos años está encorvada friendo panes para prepararlos.
Las capillas de velación Valle de los Ángeles, los portales, son otros rincones fijos, llenos de encuentros: una prima, sus celos, un hombre pasado, el monstruo sagrado de las letras, o su doble. Otros no nos permiten situarlos con exactitud: las oficinas del Seguro Social, un departamento de ubicación céntrica, la costosa universidad privada, una fiesta de políticos. A esos sitios casi fantasmales acuden recuerdos de niño con tropezones y moscas, robos de libros, automovilistas con nombres imposibles de pronunciar, el darse de baja de la carrera para volver al pueblo, fracasado.
Pero siguen siendo lugares, una esquina, un edificio, tienen elevadores, mesas, sillas, quizá jardines, sirven café y cerveza. A diferencia de ellos, en otros relatos la ciudad nos salta desde dos correos electrónicos que narran cómo se va entubando un río. O bien desde un mensaje de voz, o una libreta de viajes.
La libreta la imaginamos pequeña, de esas que retienen sus secretos con un resorte negro, de tapas duras, para llevarse en el bolsillo, en el hueco de la mano, y registrar lo que un ojo extranjero descubre en las calles cercanas al río entubado, en lo barroco de los edificios, en la urbe donde no podrá extraviarse.
Una de las historias sobresale desde detrás de esta contemporaneidad. Siglos idos, tiempos de carruajes, de matrimonios arreglados y sábanas de bodas bordadas a mano, de cinco jornadas entre Veracruz y Puebla.
Estudiantes, viudas, universidades públicas y privadas, trámites en el Seguro Social, congresos literarios, apuestas, empleos no conseguidos, fiestas que intentan romper un record Guiness con su duración, velorios. Mosaicos, al fin, que caben dentro de la ciudad que se nos presenta en la portada de Puebla directo, en escala de grises, con pasos a desnivel, anuncios espectaculares y edificios altísimos, de piel tan diferente a la que empezó a desarrollarse entre ángeles y sueños, y sin embargo con el alma idéntica a la de ese principio, pues pensada para ser un descanso a media ruta hacia el puerto, un lugar de paso, sus calles–páginas continúan abriéndose, cobijando al viajero, dándole hospedaje a los quince narradores de esta antología, a los quince relatos–voces, lejanas unas de las otras.

Saturday, April 17, 2010

VIRGINIA WOOLF, ORLANDO, LA LITERATURA...


El lector que haya intimado con las severidades del trabajo de redactar no necesitará pormenores: cómo escribió y le pareció bueno; releyó y le pareció vil: corrigió y rompió; omitió; agregó, conoció el éxtasis, la desesperación; tuvo sus buenas noches y sus malas mañanas; atrapó ideas y las perdió; vio su libro concluido y se le borró; personificó sus héroes mientras comía; los declamó al salir a caminar; rió y lloró; vaciló entre uno y otro estilo; prefirió a veces el heroico y pomposo; otras el directo y sencillo; otras los valles de Tempe; otras los campos de Kent o de Cornwall; y no llegó nunca a saber si era el genio más sublime o el mayor mentecato de la tierra. (pág. 72, edición de Edhasa, 2009)

Porque parece –su caso era una prueba– que escribimos, no con los dedos, sino con todo nuestro ser. El nervio que gobierna la pluma se enreda en cada fibra de nuestro ser, entra en el corazón, traspasa el hígado. (pág. 211, edición de Edhasa, 2009)

¿La Literatura? ¿La Vida? ¿Convertir la una en la otra? ¡Qué monstruosamente difícil! (pag. 248, edición de Edhasa, 2009)

Saturday, April 03, 2010

SEMANA SANTA... PARA LEER


Del Domingo de Ramos al de Resurrección, estos libros entran muy bien dentro del estante de textos prohibidos. Ni misales ni devocionarios; pero siguen los pasos del que se recuerda cada año, a veces en abril, a veces en marzo. No hablamos de best sellers al mejor estilo de Dan Brown, sino de literatura, de esa que no es necesariamente el éxito de ventas, de esa que no ocupa anaqueles y pirámides casi con nuestra altura en una librería. Tres libros (¿una trinidad?) que abordan a Jesús desde diferentes puntos de vista. Tres autores: uno griego, uno mexicano y uno portugués. Nikos Kazantzakis, Vicente Leñero y José Saramago.
El primero, en orden cronológico, una novela de 1951. La última tentación. Sirvió de base para una película blasfema para muchos. El mismo autor fue excomulgado y no se le otorgó el Premio Nobel de Literatura gracias a los esfuerzos de las autoridades griegas y de la iglesia. En su obra, encontramos a un Jesús que no quiere enfrentar el destino que el dios de sus antepasados le ha impuesto, como una garra de águila en la coronilla. En palabras de Kazantzakis, podríamos compararlo con la liebre temblorosa al fondo del vientre. Jesús tiene miedo. Se rebela. No quiere salvar al mundo. Y hace cuanto puede para demostrárselo a ese dios. Incluso fabricar cruces para ejecutar a los mesías que elija. En esta novela Judas tiene peso no como el villano, el traidor. Él, el gigante pelirrojo, el protagonista de las pesadillas de Jesús, es una especie de sombra, un vigilante de los pasos del “crucificador”, del hijo de María. Se podría decir que tiene poder sobre su vida, pues lleva consigo la tarea de matarlo. Es un zelota. Un guerrillero, contrario al dominio romano en su país. Jesús pone sobre él la tarea de denunciarlo. Así debe ser. Así le ha dicho Dios que vendría la salvación del mundo. Sobre cada página, entre frases comunes e imágenes y metáforas increíbles, flotan filosofías como el adopcionismo o visiones de la iglesia como institución creadora de mitos –los escritos de Mateo, Pablo y sus prédicas por los caminos–, lo que tal vez le haya ocasionado la censura del libro y la excomunión para su autor.
El segundo libro data de 1979. El evangelio de Lucas Gavilán nació de la pluma del mexicano Vicente Leñero. Esta novela trae a Jesús a una época contemporánea en el personaje de Jesucristo Gómez, hijo de María David y José Gómez. Leñero pone en nuestra mente la pregunta ¿cómo sería Jesús si viniera en esta época? Y el también dramaturgo, el autor del guión de la película El crimen del padre Amaro, responde: algo cercano a un activista por los derechos del pueblo, un hombre joven, un hippie que camina sobre unas huellas viejas que llevan su mismo nombre. El Jesucristo de Leñero es alguien que lucha contra las injusticias “inspirado por el Evangelio”. La novela recorre paso por paso el Evangelio de San Lucas, casi calcándolo, y al mismo tiempo adecuando las situaciones al entorno en que se escribió el libro, a la actualidad de 1979. La ruta de este evangelio llevará a Jesucristo Gómez a ser una especie de preso político, muerto luego de dos días de tortura, en los que se confiesa culpable de asaltar un banco, matar a dos policías y de andar “alborotando”.
José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, es el autor de El Evangelio según Jesucristo, de 1991, en cuyas páginas se trenzan frases que se saborean sobre la lengua, una a una. Entre pasajes a veces llenos de humor, un Lázaro que Jesús no revive porque nadie merece pasar dos veces por la muerte, listas larguísimas de los que morirán por creer en Jesús y de los que morirán por no creer en Jesús, y diálogos integrados al texto por medio de mayúsculas después de una coma, nos topamos con un sentimiento de culpa heredado de padre a hijo –un sueño que José transmite a Jesús luego de su muerte por crucifixión a los treinta y tres años–, con un camino que, al intentar separarse del final señalado por un dios bebedor de sangre de cordero, sigue la ruta que ese enorme dedo le ha señalado, hasta llegar a la cruz. Aquí aparece de nuevo el Jesucristo que reniega de su destino, compañero de Magdalena, como lo es en el ensueño del Jesús de Kazantzakis.
Enanos que eran gigantes pero empequeñecieron por falta de fe, conejos temblorosos, el adopcionismo, la teología de la liberación, hijos resucitados por medio de la madre, viuda con la sangre del muerto en sus venas, un Jesucristo Gómez activista, en desacuerdo con la iglesia como institución, con el gobierno, con los caciques, a veces hasta con esa masa casi sin forma llamada pueblo, ciega, medio atontada, una vasija con arena luminosa que se entierra fuera, cerca de la puerta de entrada, Dios, Jesús y el Diablo reunidos en una barca pequeña, hablando entre la bruma, son excelentes imágenes, salidas de plumas privilegiadas, aunque no concuerden con una época de misas y mantos negros y púrpuras y representaciones a casi treinta grados de temperatura, adornadas con risas falsas, micrófonos y pelucas.

Thursday, April 01, 2010

SEMANA SANTA... PARA VER (2)




Puesta en escena arriesgada, original, basada en la obra de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice.

SEMANA SANTA... PARA VER

Wednesday, March 31, 2010

LA ÚLTIMA TENTACIÓN


Pocas obras literarias tienen tan saturada la atmósfera que envuelve sus páginas como esta, escrita en 1951 por un autor excomulgado. Línea a línea, más que el hombre que sangra en el madero, el crucificado sin oponer resistencia alguna, quien parte en dos la cuenta de los años y lleva un sol en la coronilla, se mueven el temor a llegar al peldaño más alto de una misión, la espera de una señal, de un relámpago que ilumine el espacio para el siguiente paso, el reclamo de un pueblo harto de esperar a que lo salven.
Se trata de, para muchos, la obra cumbre del filósofo griego Nikos Kazantzakis. Del libro que inspiró un filme blasfemo. La última tentación. Por encima de la cubierta flotan, al lado de la excomunión de Kazantzakis y la imposibilidad de inhumarlo en un cementerio, los esfuerzos de Grecia para que no se le otorgara el Premio Nobel de Literatura, la propia película, filmada en 1988 bajo la dirección de Martin Scorsese, la antigua doctrina en la que se apoya la obra –el adopcionismo– y el hecho de que el libro figure en la lista de volúmenes prohibidos de la Inquisición.
En el principio nos encontramos con los motivos del autor: la lucha entre el espíritu y la carne, entre lo humano y lo divino. Él mismo lo confiesa en el prefacio. Luego, entre sueños casi reales, premonitorios, en donde reina la virtud por el miedo, los enanos por falta de fe y las almas iguales a tiendas de cambistas, vemos a un hombre construyendo cruces para ejecutar a los mesías que Dios escoge. Así muestra que no desea su amor, su predilección, el cual se materializa en garras de águila clavadas en la coronilla. Se trata de Jesús, o así lo intuimos, pues el narrador lo llama el joven, el hijo del carpintero, el hijo de María, y nunca menciona su nombre sino hasta la página 194 (editorial Debate, España, 1995, edición de bolsillo), cuando se acerca a defender a Magdalena, su prima, la hija del rabino. Es entonces, con cada paso, que el hijo del carpintero se vuelve más ángel, o más santo, con esa túnica blanca cubriéndolo y la multitud detrás.
Es el adopcionismo de principios de la cristiandad, es el Dios de los antepasados, de quienes legaron al pueblo la pregunta “Dios de Israel, Adonay, ¿hasta cuándo?”, que ahora desciende sobre el “crucificador”, dignándose así a responder a quienes repiten el reproche mientras golpean el muro y fruncen los labios. ¿Hasta cuándo? Hasta ahora. No hay más garras de águila clavadas en la coronilla cuando Jesús se abandona a su padre, al poder que lo ha tomado como hijo.
Página tras página, vemos cómo frases comunes sirven de trampolín para imágenes en las que el miedo, el Miedo, es un conejo agazapado y tembloroso en el fondo del vientre de Jesús, el sueño, o mejor dicho la pesadilla, son montañas y gigantes vueltos enanos que cargan la cruz y la corona de espinas, y Lázaro, el muerto vivo y vuelto a matar, es una madeja de lana en la punta del cuchillo de Barrabás, una sábana mojada que se debe retorcer, sacudir y ocultar antes que “su maldito amigo” la encuentre y vuelva a resucitarla.
En la obra de Kazantzakis, Jesús es como ese conejo al fondo del vientre. Sólo sabe que Dios quiere que se levante y hable al pueblo. A cambio le promete el reino de los cielos. Y el joven tiembla: “Sí, sí, tengo miedo… ¿Qué me levante para hablar? ¿Qué puedo decir y cómo? ¡Soy ignorante, te aseguro que no puedo! ¿Qué? ¿El reino de los cielos? Yo me burlo del reino de los cielos. Me gusta la tierra, y te repito que quiero casarme, casarme con Magdalena…” También comete actos que sabe ofenderán al dios de Israel: “…has comprendido bien… lo hago para que me detestes y busques a otro… ¡Sí, sí, lo hago intencionadamente! ¡Y fabricaré cruces durante toda mi vida para que crucifiquen en ellas a los Mesías que tú elijas!”
Dios lo persigue, le entierra las uñas, lo aturde a gritos, a voces, hasta convencerlo. Él lo guiará. Entonces no hay más dolor en la cabeza, y sí un vigilante: Judas, el pelirrojo, el gigante de los sueños de Jesús, el encargado de matarlo por orden de los zelotes. Jesús es una vergüenza para su pueblo, el único que no niega una cruz al romano; por eso debe pagar. El pelirrojo es un gigante que no lo deja solo ni en sueños, que quiere impedir que el hijo de María entregue una cruz más, que lo deja vivir y lo vigila porque quiere cerciorarse de que él es el Mesías tan esperado.
Entre las tentaciones que asedian a Jesús, como si fuera una serpiente que rodea pedruscos y dunas, se arrastra la visión que tiene Nikos Kazantzakis de la Iglesia Católica. Dos pasajes la ilustran por completo. El primero, cuando Jesús se da cuenta de lo que escribe Mateo, quien cree su pluma guiada por la mano de un ángel, y le reclama no confiar verdades al papel: “¡Qué significa todo esto? ¡Son mentiras, mentiras y más mentiras!... Nací en Nazaret y no en Belén, jamás puse los pies en Belén y no me acuerdo de ningún mago; jamás fui a Egipto y ¿quién te reveló las palabras que habría pronunciado la paloma en el momento de mi Bautismo: “Este es mi hijo amado”? Ni siquiera yo las oí. ¿Cómo es posible que tú, que no estabas allí, sepas lo que dijo la paloma?” Mateo le contesta que un ángel se inclina sobre su oído, le dicta, y él escribe: “El ángel me cubre como a un recién nacido y escribo, aunque mejor dicho no escribo sino transcribo lo que me dice. ¿Acaso habría podido escribir por mí mismo todas esas maravillas?” Y Jesús duda.
Luego, en pleno ensueño de matrimonio junto a María, la hermana de Lázaro, el autor griego vuelve a exponer a la tejedora de mitos en la persona de Pablo, “Saúl, el bebedor de sangre humana”. Este hombre rechoncho y calvo recorre el camino que Jesús abandonó, por el que casi lo crucifican. Lleva la palabra del Mesías: “Jesús de Nazaret… no era hijo de José y María, sino de Dios. Bajó a la tierra y tomó un cuerpo de hombre para salvar a los hombres… le apresaron, lo condujeron ante Pilatos y lo crucificaron. Pero al tercer día resucitó y subió al cielo. ¡La muerte ha sido vencida, hermanos; los pecados han sido perdonados y se abrieron las Puertas del Paraíso!”
Pablo asegura que Jesús es un relámpago que habla, que lo vio, que es él quien lo envía a recorrer la tierra para anunciar la Buena Nueva. Jesús lo llama embustero, grita, se descubre: no murió en la cruz ni resucitó, sus padres son María y José. El predicador de caminos lo interrumpe: “Cállate; si los hombres te escucharan se sentirían mutilados de brazos y piernas. En la podredumbre, la injusticia y la pobreza de este mundo, Jesús el Crucificado, Jesús el Resucitado era el único y precioso consuelo del hombre honrado y oprimido. ¿Qué importa que sea mentira o verdad? ¡Basta con que el mundo se salve!... ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la mentira? La verdad es lo que da alas al hombre…”
Más allá de la causa de su censura –la imagen de un Jesús viviendo en matrimonio dos veces, con hijos, artesano de cruces, negándose de palabra y acto al destino que Dios le impone a fuerza de garras y espinas, o el hecho de que la Iglesia se viera reflejada en sus páginas como en un espejo–, de su inclusión en la lista de libros prohibidos, La última tentación, novela considerada blasfema por muchos, genial por otros, es depositaria de una prosa magistral. Por encima de la biografía de su autor y de su visión y pensamiento, se trata de una de las obras cumbres de la literatura universal.

Sunday, March 07, 2010

UNA CITA EN EL LIBRO "LOS CONDENADOS DE LA TIERRA"


Les armes miraculeuses (Et les chiens se taissaient) (fragmento)
Aimé Césaire

EL REBELDE (duramente)
Mi apellido: ofendido; mi nombre: humillado; mi estado civil: la rebeldía; mi edad: la edad de piedra.

LA MADRE
Mi raza: la raza humana. Mi religión: la fraternidad.

EL REBELDE
Mi raza: la raza caída. Mi religión…
Pero no serás tú quien la prepares con tu desarme… soy yo con mi rebeldía y mis pobres puños cerrados y mi cabeza hirsuta.
(Muy tranquilo).
Me acuerdo de un día de noviembre; no tenía seis meses [mi hijo] cuando el amo entró en la casucha fuliginosa como una luna de abril y palpó sus pequeños miembros musculosos, era un amo muy bueno, paseaba en una caricia sus dedos gruesos por la carita llena de hoyuelos. Sus ojos azules reían y su boca le decía cosas azucaradas: será una buena pieza, dijo mirándome, y decía otras cosas amables, el amo, que había que empezar temprano, que veinte años no eran demasiados para hacer un buen cristiano y un buen esclavo, buen súbdito y leal, un buen capataz, con la mirada viva y el brazo firme. Y aquel hombre especulaba sobre la cuna de mi hijo, una cuna de capataz.
Nos arrastramos con el cuchillo en la mano…

LA MADRE
¡Ay! tú morirás.

EL REBELDE
Muerto… lo he matado con mis propias manos…
Sí: de muerte fecunda y fértil…
era de noche. Nos arrastramos entre las cañas.
Los cuchillos reían bajo las estrellas, pero no nos importaban las estrellas.
Las cañas nos pintaban la cara de arroyos de hojas verdes.

LA MADRE
Yo había soñado con un hijo que cerrara los ojos de su madre.

EL REBELDE
Yo he decidido abrir bajo otro sol los ojos de mi hijo.

LA MADRE
… Oh, hijo mío… de muerte mala y perniciosa.

EL REBELDE
Madre, de muerte vivaz y suntuosa.

LA MADRE
por haber amado demasiado…

EL REBELDE
por haber amado demasiado…

LA MADRE
Evítame todo esto, me asfixian tus ataduras. Sangro por tus heridas.

EL REBELDE
Y a mí el mundo no me da cuartel… No hay en el mundo un pobre tipo linchado, un pobre hombre torturado, en el que no sea yo asesinado y humillado.

LA MADRE
Dios del cielo, líbralo.

EL REBELDE
Corazón mío, tú no me librarás de mis recuerdos…
Era una noche de noviembre…
Y súbitamente los clamores iluminaron el silencio.
Nos habíamos movido, los esclavos; nosotros, el abono; nosotros, las bestias amarradas al poste de la paciencia.
Corríamos como arrebatados; sonaron los tiros… Golpeamos. El sudor y la sangre nos refrescaban. Golpeamos entre los gritos y los gritos se hicieron más estridentes y un gran clamor se elevó hacia el este, eran los barracones que ardían y la llama lamía suavemente nuestras mejillas.
Entonces asaltamos la casa del amo.
Tiraban desde las ventanas.
Forzamos las puertas.
La alcoba del amo estaba abierta de par en par. La alcoba del amo estaba brillantemente iluminada, y el amo estaba allí muy tranquilo… y los nuestros se detuvieron… era el amo. Yo entré. Eres tú, me dijo, muy tranquilo… Era yo, sí soy yo, le dije, el buen esclavo, el fiel esclavo, el esclavo esclavo, y de súbito sus ojos fueron dos alimañas asustadas en días de lluvia… lo herí, chorreó la sangre: es el único bautismo que recuerdo.

MIRADA


Los ojos desmenuzan el mundo. Lo separan. Colores, estados de la materia, luminosidad, tamaño. Avanzan delante de nosotros mismos. La mirada. También es ella la que nos toma de la mano y va guiándonos hasta el punto final de un libro, de una historia, una realidad alterna. Sobrevuela cuentos, novelas, y los teje en el mundo, fuera de la página.
La mirada era fundamental en los talleres de cuento que impartía Alejandro Meneses. En el Instituto Cultural Poblano, en la Casa del Escritor, en PlantAlta, nos pedía ver nuestras narraciones. Velo, qué viste, cómo lo viste, frases frecuentes. Él mismo guiaba nuestra mirada a veces, en los ejercicios que nosotros llamábamos tarea. El punto de vista desde la primera persona del plural, alguien planea un asesinato mientras cocina, la muerte de un pontífice y cómo lo tomarían en un pueblo que ni siquiera aparece en los mapas…
Sí, seguimos viendo a Alejandro Meneses. En sus tardes de la Matraca, donde martes y jueves leía en la mesa de la esquina, o en la de la izquierda, donde la ciudad todavía se asoma a una pared y dos tiempos. Vemos su mano sobre la de sus alumnos del taller y el taller fuera del taller, sobre la nuestra, en las publicaciones que de esos herederos empiezan a aparecer. Y al fin, lo vemos en los cuatro depositarios de papel que guardan su mirada. Sus libros. La Universidad Autónoma de Puebla, Cal y Arena, ABZ Editores, Ediciones de Educación y Cultura. Días extraños, Ángela y los ciegos, Vidas lejanas y Tan lejos, tan cerca, nos entregan cuentos donde la muerte trae de vuelta a la playa a un hijo, donde un hombre está destinado a perseguir a su prima sin alcanzarla nunca, donde su estado natal, Tlaxcala, muestra sembradíos y pueblos polvorientos, escenarios de Rulfo en los que seguramente Alejandro sigue dibujando huellas de tenis y observando el mundo a través de la mica de sus anteojos, con esas pupilas siempre a punto de la risa.

Sunday, February 07, 2010

MARIPOSA DE ALAS ROTAS


Lo vemos desde arriba, desde un cielo gris a causa del humo. Lejos. Somos lluvia, las cuerdas de un arpa. Allá, sobre el asfalto, un cuerpo derramado, con tres tiros y las últimas gotas de aliento. Unos brazos lo sostienen, confundidos entre hebras negras, larguísimas. Asistimos a la agonía de una mujer, al llanto de su esposo, quien sólo puede observar cómo se escapa la vida de su compañera, igual que una mariposa.
Y si de verdad fingimos ser lluvia y nos precipitamos sobre ella, podremos distinguir que su vientre herido es un capullo negro. Que dentro de él se resguardan dos niñas, como si de un escudo se tratara. Son sus hijas, de once y cuatro años. Violeta y Lu. Para ellas se ha levantado una casa donde conviven la tecnología del internet y la tradición de un biombo o un bonsái. Una burbuja anormal, leeríamos en la mente de los vecinos, de los padres de los compañeros de escuela, de las autoridades. Si tuviésemos ese poder. Pero sólo somos miradas pendientes de las páginas de un libro de tapas con tonos rosados.
En él, las frases parecen flores color melón que el viento acomoda para crear ambientes donde ojos enormes, redondos, reflejan rostros de ceños fruncidos, dedos que los traspasarían, si pudieran, para apuntalar una acusación. Los dueños de esos ojos son diferentes. Y eso significa peligro para quienes los rodean.
Entre pétalos que aún flotan cerca del tallo, asistimos al encierro de la niña de cuatro años, Cho, Lu, encierro provocado por su propio cuerpo, bajo la apariencia del Síndrome de Asperger –trastorno de la conducta que combina fases de autismo con hiperactividad–. Fuera de su celda transparente, se le acusa de matar a Toto, amigo suyo en el jardín de niños. Es la “asesina más joven de la historia”. Lo dicen los maestros del centro escolar, los padres de familia, los medios de comunicación, a través de entrevistas de tono amarillo y carreras con micrófonos a modo de espadas.
A partir de la muerte del niño, un encierro sólido se yergue alrededor del transparente consecuencia del síndrome: arresto domiciliario, salidas únicamente a terapia y bajo estricta vigilancia policial. El cerco se hace cada vez más pequeño: los padres de Toto culpan no a su compañera de juegos, sino a su madre, a sus costumbres raras, “extranjeras”, y llegan al punto de querer tomar una vida por otra.
El libro guarda, además, una atmósfera híbrida, en la que la piel se convierte en trazos y el organismo dota al cuerpo con destrezas ajenas a las de un ser humano. Su autora, la sonorense Eve Gil, ha logrado amalgamar mundos distintos en ocasiones anteriores, tomando la realidad que nos entregan cámaras y pantallas, por ejemplo, y llevándola a extremos tan lejanos como posibles: un país en el que la gente interactúa con estrellas de cine y televisión, y tiene la fantasía del buen trabajo y la buena alimentación gracias a un chip instalado en el cerebro (Virtus, editorial Jus, 2008).
En Sho–shan y la Dama Oscura (editorial Suma de Letras, 2009), Eve Gil enlaza el mundo real –donde, gracias al acoso mediático, al doctor Luis Monsalve, padre de Lu, sus pacientes le piden autógrafos “como si fuera Johnny Depp”–, con uno sacado del anime y del manga japonés. Como si atravesaran biombos de papel, Violeta, hermana mayor de Lu, la propia Lu, y su madre, Dagmar Obscura, se mueven en dos realidades paralelas, entrelazadas. Dagmar es producto de la pluma de Jinzaburo Kunikida, un famoso realizador de mangas y animes, profesión que ejercerá Violeta diez años después, quien recurrirá a su diario para crear Sho–shan Z.
Eso será luego, por ahora, como nosotros, observa a la mariposa de alas rotas que es Dagmar. El gris del cielo añade lágrimas a la madrugada. Y las lágrimas, que no terminan de caer, se toman de la mano para volverse cuerdas: las cuerdas de un arpa enorme que las manos del aire tocan para despedir de este mundo a Dagmar Obscura, autora de cuentos infantiles, quien no recuerda nada previo al nacimiento de su hija mayor y festeja su cumpleaños junto a ella. La música arrancada a las cuerdas es un réquiem, se podría decir que es el mismo que escuchamos cuando muere un caballero de Athena. El mismo réquiem. El mismo adiós.


Friday, December 18, 2009

LA MUERTE ES SUEÑO


Aún era octubre y el día de Muertos ya estaba presente en las calles mojadas del centro. Sólido, en dos cuerpos. Falda larga, pantalón a rayas, el mismo rostro blanquísimo rematando ambos: una calavera. A las puertas del Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla. Extendía el brazo, invitándonos, franqueando la entrada a uno de los eventos del segundo festival La muerte es un sueño.
Y en el patio, junto a una mesa larga donde tamales, chocolate y pan atravesado con huesos y ajonjolí se acomodaban junto a la pared derecha, asistimos al humo brotando en hilos azul–grises de una copa de barro, a la muerte de encajes negros de Posada, de pie en la escalera, recargada en el barandal, a las calaveras de azúcar y de chocolate y de unicel con brillos plateados.
En el patio de la tres norte casi esquina con Reforma se presentó un libro editado conjuntamente por el IMACP y la Universidad Autónoma de Puebla. La muerte es un sueño, obra que reúne quince narraciones de autores avecindados en la ciudad.
Los maestros Juan Sebastián Gatti y Beatriz Meyer moderaron y comentaron, mientras que de las páginas saltaban muertes soñadas y muertes en motocicleta, muertes para poner a trabajar a las autoridades. Gerardo Oviedo, Gabriela Puente, Iris García, José Luis Zárate y Gerardo Arturo Zepeda leyeron en tanto que en la calle la lluvia se hacía delgada y la noche echaba un vistazo a la ciudad entera.
A fin de cuentas, dentro y fuera del papel, en Puebla o en cualquier punto del globo –incluso fuera de él–, la muerte aguarda como en el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, dentro del vestido de encajes, con una mano en el mentón o en la cintura, la otra apoyada en el barandal. Y a nosotros sólo nos queda caminar, acortando siempre la distancia con ella. A cada respiración, a cada latido, los pasos son menos.
Y la recreamos. De azúcar y chocolate, de trigo, con flores anaranjadas y altares en los que ofrecemos comida y bebida al alma de quienes se fueron, mostrándoles cómo eran en un instante de plata oxidada, en fotografías que son el centro de ese torbellino de flores y frutos y papel picado. Y escribimos sobre ella –la muerte en Puebla… ¿hay una muerte poblana?–. Y traemos a un artista desaparecido al lienzo, un mexica contemporáneo. Tal vez nos divirtamos con ella un poco para no llorar, para no gritarle y suplicar y huir en cuanto la veamos. Tal vez, en el fondo, pensemos la frase dicha en el homenaje a Jorge Reyes, ojalá no fuéramos mortales.

Tuesday, December 01, 2009

LAS CINCUENTA Y UN RUTAS


Con gemidos y gritos, con palabras que se saborean sobre la lengua y pétalos en la piel. A solas o en compañía de otro cuerpo, ajeno ayer y mañana, nuestro durante esa pizca de segundo, como una pierna o un brazo. Así empieza a deshacerse de la modorra el orgasmo.
Épocas antiguas han puesto manchas sobre él, tildándolo de maligno y hasta de diabólico. La ciencia lo ha hecho objeto de estudios psicológicos, antropológicos, entre otros.
Es una sensación difícil de amoldar a las palabras. La narrativa, la poesía, lo intentan desde la literatura. Y es en este terreno donde se inscribe la Antología mínima del orgasmo, editada bajo el sello de Ediciones intempestivas, editorial independiente avecindada en el estado de Nuevo León. Vía internet, los editores –Héctor Alvarado y Livier Fernández– convocaron a sesenta escritoras para que abordaran el tema del orgasmo “desde la poesía, la descripción, la crónica, el cuento… o cualquier otra forma que expresara en una cuartilla inédita ese imprevisible momento en que se densifica la vida”.
A la cita acudieron cincuenta y un autoras de países y generaciones distintas. Ana Clavel, Coral Aguirre, Elena Méndez, Elia Martínez Rodarte, Eve Gil, Guadalupe Ángeles, Lina Zerón, Matilde Pons, Odette Alonso, entre otras, llevaron el orgasmo femenino a poemas, historias, descripciones, una nota de disculpa, y hasta líneas interactivas que nos hacen buscar videos en Youtube.
En la antología existe un mapa donde figuran diversas carreteras y puntos de encuentro. Entre tapas color hueso y dos ilustraciones de Erika Kuhn, más de un texto transita los descubrimientos de la infancia. De las plumas de Eve Gil y Magali Velasco nacen personajes que confían sus recuerdos de niña: la poltrona de la abuela, un juguete de peluche, exploraciones y despedidas. En ambos cuentos se vislumbra esa vieja mancha que aún persiste: ocultarse de las miradas –“mientras mi abuela estaba inmersa en sus “novelas”, se me hizo hábito resbalarme”– o cambiar de nombre a esa “innombrada zona” del cuerpo –“Entre risas y gritillos ahogados comparábamos su cola, como le llamábamos a la vagina”.
La mancha de lo prohibido va tomando distancia. En algún cuento se echa de menos, pues con ella se esfumaron los orgasmos dentro del confesionario. Otros ignoran su existencia: Heteroflexible, de Elena Méndez, y Juego de muñecas, de la veracruzana Orfa Alarcón, por ejemplo. Frente a estos textos me atrevería a asegurar que la mancha se cubre los ojos y se pone roja. Y es que aquí el orgasmo se muestra de frente, a través de frases como “Me vine como a los dos minutos” o “una voz en mi cabeza decía trío”, en una atmósfera donde el antro gay y la fecha “ridícula” de globos y rosas apuntalan la idea del sexo sin ataduras, incluso sin amor.
Juegos donde ninguna preposición se repite, poemas con silueta de flor o ajustados a una canción de José Alfredo Jiménez, viajes, a veces sin retorno, añaden puntos a este mapa de cincuenta y un rutas.
La Antología mínima del orgasmo se presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2009, salón Elías Nandino, el día 4 de diciembre a las 13:00 hrs., con la participación del escritor Alberto Ruy Sánchez y algunas de las autoras.

Thursday, November 12, 2009

ALEJANDRO MENESES EN EL FIP 2009


JUEVES 12 DE NOVIEMBRE
Conferencia: Alejandro Meneses “Tan lejos, Tan cerca”. Y retrato literario: Alejandro.
Diana Hernández, Elías D’Alva y Judith Castañeda.
Jueves 12 de noviembre
12:00 horas
Casa del Escritor

Sunday, October 25, 2009

UN PASEO POR LOS LIBROS


No bastan las horas que van del mediodía al anochecer, ni llevar zapatos cómodos o una bolsa grande, resistente. Hacia donde se voltee son lonas y mesas cundidas, cartelones amarillo fluorescente, anaranjado, letras y números negros, gruesos, en lo alto. Son las mesas de oferta, es la Feria del Libro del Zócalo. Editoriales y librerías repartidas por toda la plancha, rincones de poesía y representaciones teatrales, circenses, estatuas vivas y hasta la Catrina, que por estas fechas empieza a recorrer las calles para ver a quién más le arranca el vestido y lo deja en los huesos.
Recorrí el zócalo hasta que mi pulso se mudó a los zapatos –tenis, para caminar mucho, cómodamente, que terminaron dejando pasar la dureza del cemento–, hasta que el sol se empezó a despedir del día. Las carpas blancas se ven desde varias calles antes. Ríos de gente, muchos preguntando por un título en específico, la mayoría recorriendo los espacios para encontrar el libro de rebaja, o el que todos tienen en la mesa de noche. En el primer stand se exhibían gangas en papel fluorescente. Pamuk, Lobo Antunes, el Che, Fidel Castro, a treinta pesos (¿¡treinta pesos?!), diccionarios enciclopédicos por cien. Literatura, historia, política, biografía, obras de referencia. La bolsa creció en peso y ancho pronto. Como muchas durante ese día y los días pasados. Encontré el lugar del Fondo, de Random, de Tusquets, de Planeta, Siglo XXI y Anagrama, las respectivas mesas donde el libro tiene la mitad de su precio, la tercera parte. En lo alto, cartelones anunciando veinte por ciento menos, treinta menos. Y la gente hojeando. Mucha. Sí, el asunto aquí es poner los libros cerca y al alcance de los lectores.
En el zócalo también hay sitio para las editoriales independientes, las que ofrecen libros hechos a mano, papel lleno de pliegues portando poesía e ilustraciones a más de una tinta, los que encierran lecturas para esa tribu urbana de piel muy blanca y ropa muy negra, las que no ofrecen un catálogo comercial. Me encontré conmigo en el acervo editorial de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, un espejo de tapas color arena y ochenta y cuatro páginas donde una mujer no permite que la alcancen –fue emocionante.
Además, en la feria cabe la palabra con soporte de aire, salida de un cuerpo vestido con pintura blanca, mallones, corbata y lentes, que espera a quien le extienda un papel tomado del sombrero a sus pies. Y entonces le roba unos instantes de vida al fragmento que lee para luego regresar a la inmovilidad.
Junto a esa vida caminó también la figura de la muerte de Posada. Un hombre robusto, de cara blanca y encaje en la falda y el sombrero. La Catrina, pidiendo la “calaverita” y así posar frente a la cámara del celular en completo silencio. Apenas los ojos un movimiento de cabeza. Sí, a cada quien le llega la cita con la Flaca. También al encuentro con los libros de este año, prolongado por la enorme marcha de los electricistas, a quienes agradezco el haber encontrado feria en martes.

Friday, October 23, 2009

ABONO PARA LÁGRIMAS (REZA POR MÍ)


No. No es meter a la fuerza una maleta en el anaquel más cercano. En uno pequeño, donde se aferre hasta con las uñas en cuanto queramos sacarla. No. En realidad el surco es el mismo, ambos extremos prolongación uno del otro. Y entonces cabe la palabra como si el espacio se hubiera creado para ella. La tierra de la vida y de la muerte es la misma. Es espejo. Basta mirarse. Basta tocarlo. Basta romperlo. Y estamos del otro lado. Entonces somos nosotros, a quienes abandonan para ir al otro lado del surco, los remitentes del sobre con escasas tres palabras. Y metemos esa súplica en el bolsillo del pantalón del que se va. No se trata de un Quédate por favor, de los jaloneos y gritos y portazos. Es el Reza por mí bebé, casi niño, apenas llega a la estatura de murmullo. Sostenemos la mano, la apretamos, de todos modos se rompe. No esta hecha de piel y huesos, sino de cristal. Es una nada transparente y débil y temblona. Ahora estamos solos. Nos queda la sangre en los dedos, la voz en lo alto, la silueta dentro de la memoria, en algún incierto papel fotográfico, perdido entre inciertos papeles fotográficos, una promesa dentro de la mirada muerta –rezará por los vivos–. Aunque en verdad quisiéramos ese cuerpo cerca. Muy cerca, respiración con respiración. Sonreímos; por lo menos un pedacito nuestro se va con él (ella). Es entonces o luego cuando llega el fertilizante. La publicidad: Te fuiste tú también, completo, no un pedazo nada más, eres un rincón hueco que debe llenarse. Reza por mí, repite. Reza por mí. Gotea, sopla, gotea… Un suspiro vencido. Es nuestro y no lo sabemos. El avivador de crecimiento viene de una tecnología que da a luz objetos redondos y sin centro, brillantes, que sin embargo no alcanzarían a alumbrar un diminuto cuarto de castigo a media tarde. Sí, nos dice el infomercial, aplícalo, las gotas y el aliento trabajan alternativamente, acabarán por vencer la piedra, mira, lo dice en la garantía, vale hasta la caída de las ciudades y si no es de tu entera satisfacción te devolvemos el triple de tu dinero, pero funciona, basta dar vuelta al tapón y verter el contenido, a solas el efecto es doble, hazlo, pruébalo, y pronto verás un brote de llanto al fondo de la garganta…

Thursday, October 01, 2009

DORMIR, SOÑAR...


Festejar porque ganamos la lotería, comandar un barco en el siglo XV, escuchar el canto de las sirenas, apretar la mano de alguien que no hemos visto desde la infancia, la secundaria o el empleo anterior, o desde que le arrojaban claveles entre paletadas, rezos y pañuelos negros, todo ello mientras tenemos los ojos cerrados y el despertador está a uno o dos segundos de hacernos brincar… Actos que caben dentro del amplio país de los sueños.
De este territorio se han trazado varios mapas: desde el psicoanálisis, desde libros de dudosas interpretaciones llamados diccionarios de los sueños. Desde la literatura, la narrativa, como lo hace Alejandro Badillo en su primer libro, editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro. El autor nacido en la ciudad de México tiende sus coordenadas entre dos ejes: la atmósfera y el lenguaje.
En Ella sigue dormida, Alejandro fija ocho puntos en el plano, ocho cuentos donde el personaje central es la atmósfera.
Desde la portada, trazos que forman un rostro verde azuloso y rosa, hechos con óleo y espátula, nos invitan a pasar de puntillas, buscando con los pies el sitio donde el tablón no cruja. El dedo en mitad de los labios, clausurándolos, es una petición de silencio, casi una orden, porque más allá flota un aliento acompasado que podría alterarse con nuestra presencia. Porque allá, entre inciertas sábanas y almohadas de plumas, alguien duerme.
Y entonces entramos. Las páginas susurran. Primera, segunda, tercera persona. A veces no sabemos de qué lado de la frontera estamos, como en el cuento Cortometraje, donde el sueño se proyecta en una pantalla cinematográfica y la segunda persona nos habla como si de una conciencia se tratara. En él volvemos a ver a una persona muerta hace casi cinco años, ya que este texto es uno de los ejercicios que a manera de tarea dejaba el escritor tlaxcalteca–poblano Alejandro Meneses en los primeros tiempos de la SOGEM en la Casa del Escritor.
Las imágenes vertidas en los sueños no pueden controlarse. En ellas mezclamos deseos con lo que nos pasó ayer en el trabajo, por ejemplo, y se lo contamos a un antepasado, a un amigo de la adolescencia que se hace más joven mientras nosotros envejecemos. Y Alejandro lleva este aspecto al extremo opuesto en la Historia del durmiente despierto. En torno al personaje, el autor levanta una casa, una especie de prisión en la que las posibles entradas–salidas parecen cambiar de sitio y permiten el tránsito de otros soñantes, quienes se encuentran allí de paso. Aquí, el sueño ha controlado a Abou–Hassán, constituyéndose en algo parecido al Palacio de los sueños, del albanés Ismail Kadaré. Pero a diferencia de la novela publicada en 1980, este Tabir Saray no es un edificio que se pueda encontrar en la calle, al que se lleven documentos con el sueño y el soñante escritos, sino que está inserto dentro del personaje y se construye a sí mismo.
Así, al avanzar páginas, nos encontraremos con dobles que atraviesan el espejo, en un hotel, para luego desaparecer del centro comercial antes de su apertura, con el sueño en traje azul, vuelto sombra que deambula en los pasillos de un hospital y traga cápsulas para no recordar cómo mató a su madre, con el Gran Último Sueño –la muerte– vestido de bruma que vigila desde un nosotros cada paso del náufrago en una isla, guardando al mismo tiempo su posible pasado y su seguro porvenir. Tropezaremos con atmósferas de aguas turbias, como en las que nada Tony Curtis, el pez del reconocimiento en el consultorio, con imágenes que tal vez se entretejan en nuestra almohada, por la noche, para que soñemos que alguien nos observa desde un árbol del jardín que compartimos con los vecinos, muy cerca de nuestra ventana, mientras seguimos dormidos.

Saturday, August 08, 2009

DICEN QUE SE LA JUGARON...


Las sombras, espacios grises, cónicos, creados en la frontera de una lámpara, a la vuelta de la esquina, a veces tan densos que parecen hechos de piedra. Ellas guardan un vientre en el que caben desde los monstruos de las pesadillas infantiles hasta nuestro propio cuerpo, quienes éramos y los que seremos –o los que deseamos ser, lo que queremos lograr–. La sombra del cuerpo es el cuerpo del alma, escribió Oscar Wilde en el cuento “El pescador y su alma”.
El escritor chileno Luis Sepúlveda hace lo propio buscando la memoria de su lugar dentro de las sombras. El país de hace años, cuando decir sombra era convocar prisiones con cara de fábrica en quiebra, torturas hasta la madrugada, personas sin nombre y nombres sin un espacio sólido al cual amoldarse, tumbas sin señalamiento alguno, lejos de las otras, las de mármol y enrejados y flores junto a la cruz. El autor de Un viejo que leía novelas de amor saca una punta del pasado de entre la oscuridad y la extiende en un libro. En su novela más reciente.
La sombra de lo que fuimos, merecedora del Premio Primavera de Novela 2009, convocado por la editorial Espasa Escalpe y Ámbito Cultural de El Corte Inglés, narra el encuentro de cuatro amigos antiguos y su plan para robar un dinero oculto en una cafetería. Tres de ellos –Cacho Salinas, Lolo Garmendia y Lucho Arencibia–, reunidos en una vieja refaccionaria, esperan al especialista, Pedro Nolasco, apodado “La sombra”. Mientras llega, los tres barajan recuerdos de cuando la dictadura, de los hermanos muertos y Europa, de la nostalgia del país que fue. Comen pollos –Cacho Salinas los odia, “por estúpidos”– y entonces aparece en el portón un viejo conocido: Coco Aravena. ¿Y el especialista?, ¿y Nolasco? No podrá llegar a la cita: la mujer de Aravena, Concepción García, lo mató con un tocadiscos, accidentalmente y desde su departamento en el segundo piso, en medio de una pelea con su marido.
Frente a ellos, el inspector Crespo y la detective Adelita Bobadilla son meros testigos de una aventura con la que se recrea el pasado. Los dejan hacer. El éxito o el fracaso del robo, al final, es lo de menos. Esta novela trata sobre el recuerdo, sobre las sombras proyectadas por estos personajes, que son las mismas de otros tantos sobrevivientes de los setenta. Hacia el pasado –el 16 de julio como fecha simbólica para el robo, una “efeméride personal” de Nolasco–, hacia el futuro –la duda ante la muerte del especialista, el “¿qué, nos la jugamos?”–, hacia el país que recuerdan y hacia el que volvieron –con los nombres de las calles cambiados y lugares vacíos donde recordaban una casa, un comercio–. Cada sombra intenta tocar esos cuatro puntos.
Y el autor lo logra con su característico sentido del humor, con amenidad, construyendo personajes demasiado aficionados a las películas, que crean cómicos y poco creíbles guiones para justificar el encuentro con el muerto accidental, o el recuerdo de ese muerto, acompañante de los hombres hasta el final de la misión, a la esquina del café a las seis de la mañana. Luis Sepúlveda arroja una brizna de luz sobre la historia del golpe militar en Chile, y bajo esa lámpara, cuatro exiliados eternos ponen la sombra de lo que fueron sobre la mesa.